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29 novembre AutorretratoLa semana pasada me compré una cámara compacta, para poder usarla en ocasiones en que no apetece cargar con toda la bolsa de la reflex, con los objetivos y demás trastos, que pesan y abultan lo suyo. Seguí fiel a Canon y me compré la Powershot G9, bastante adecuada para mis intenciones. La primera fue en la frente, como comenté hace unos días en mi viaje a Valladolid, pero bueno, esta semana ando trasteando con mi nuevo juguetito. Anteanoche probé los colores con flash, y quedé contento con la prueba. A falta de otro modelo, me tuve que hacer una foto a mí mismo. Este soy yo a las 3 y pico de la mañana en mi "lugar habitual" de esas horas, delante del PC:
A falta de mi deseada sesión fotográfica en el concierto del viernes anterior en Valladolid, con esa modelo de excepción que tenía a tan escasa distancia, la próxima ocasión se presentaba para ese día tan especial que algunos amigos esperamos con ilusión: ese 12 de diciembre que cada vez está más cerca. Pero resulta que esta tarde he recibido una sorprendente proposición, y me temo que al menos durante el concierto no voy a poder hacer bonitos retratos a mis amigos donostiarras. Es que me pasan unas cosas tan raras últimamente... A ver si mañana puedo salir a dar un paseo fotográfico, cosa difícil con el tiempecito que estamos teniendo: nada extraño, no en vano estamos terminando noviembre, pero a estas horas de la madrugada la temperatura exterior anda por unos escasos 3 grados centígrados, y de vez en cuando caen unos chaparrones de agua nieve que si te pillan te dejan fino. Así estoy yo medio griposo, no iba a pillar los catarros solo con los besos de Ella... Pero en fin, esta tarde me compré un gorro baratillo para sustituir a mi gorrito Nike verde (al que parece que se lo haya tragado la tierra, no soy capaz de encontrarlo). Si al final salgo mañana, prometo hacerme un autorretrato con mi indumentaria invernal: gorro, forro y cara de frío... 26 novembre Un día en la vida de...Cuando la noche está fría suelo dormir mejor. El nórdico ayuda lo suyo, ya que lo que es en la habitación la temperatura ronda los 14 grados... Eso sí, al cabo de un par de horas siento calor y me tengo que quitar hasta la parte de arriba del pijama, nunca me ha gustado la ropa para dormir. Me desperté al amanecer, entreabrí un ojo y vi que el sol asomaba desde detrás de los eucaliptos. Miré la hora, me di otra vuelta y seguí durmiendo. Me gusta dormir cuando ya es de día, lo mismo que me gusta hacer cosas cuando ya es de madrugada. A eso de la una y media me desperté y me fui desperezando muy poco a poco, como a mí me gusta, sin prisas. A punto de dar las dos de la tarde, me levanté, fui al baño, me vestí de cintura para abajo y en la parte de arriba me puse el pijama, lo habitual.
Bajé a desayunar... porque yo soy incapaz de hacer una comida "fuerte" recién levantado, así que siempre desayuno a las dos de la tarde. Dos postres lácteos a elegir de la nevera: para la ocasión me decanté por unas natillas con galleta y un arroz con leche de oveja... Sí, un poco rebuscado, mi pequeño capricho de la jornada. Para beber, un trago de leche de soja con sabor a cereales, que en las últimas semanas me está gustando mucho (pronto me cansaré y buscaré otros sabores). Además, un trozo de pan fresco, del que nos trae el panadero/repartidor a casa cada mañana. Durante mucho tiempo nos traía el clásico "mollete" (cuánto le gustaba a Ella comerse el "pirucho" recién levantada), pero desde hace unos meses mi padre decidió cambiar y ahora nos deja un par de barras artesanas: el mismo pan con distinta forma, pero igual de crujiente y apetecible a media mañana.
Subí a mi "habitación del ordenador". La rutina habitual: encender el televisor, poner A3 y dejar de fondo el capítulo de Los Simpson. A las 3 cambiar a La Sexta para medio ver Padre de Familia y Sé lo que Hicisteis... Encendí el ordenador. Leí los correos de la mañana: poca cosa, solo un OK de mi amigo donostiarra para la cosilla que nos llevamos entre manos, un correo de mi amigo vallisoletano (perdón, leonés, que no es lo mismo) Felipe y, como todos los días, otros 15 o 20 correos "no deseados", como son "bautizados" y convenientemente descartados por el Outlook. Inicié el Explorer y repasé las páginas habituales: las noticias, los deportes, la música. Después miré el Myspace y el Facebook: sin novedades. Una vez dado este repaso por "mi" mundo virtual, me dispuse a terminar la cosilla esta que estoy haciendo con mi amigo donostiarra. Había que cambiar a mano un buen número de detalles, así que me pasé unas dos horas largas con el Dreamweaver, subiendo ficheros, probando, viendo fallos, reparando fallos y volviendo a subir los ficheros corregidos. Trabajo tedioso pero que nunca me ha disgustado, ya que soy capaz de verle un componente "creativo", de estar construyendo algo.
Hacia las seis y cuarto, cuando ya se ponía el sol y empezaba a hacer frío en la "habitación del ordenador", me levanté del asiento y me preparé para salir: me lavé la cabeza, me puse el jersey y, como hacía mucho frío afuera, cogí el anorak "bueno", el rojo de Columbia. Fui hasta el laboratorio, aunque como siempre tuve que dar tres o cuatro vueltas al Campus para hacer tiempo hasta que alguien dejó un espacio libre para aparcar. El jefe ya no estaba, porque anda algo acatarrado y se había ido a casa, pero me dejó una nota: un problema con su cuenta del ordenador. Estuve solucionando el tema durante la siguiente hora y media, cerré el chiringuito y me fui a hacer la compra semanal al Hipercor, como todos los martes; antes era todos los lunes, pero hubo una semana en octubre que estuve dos días fuera y no gasté la comida, y el día de compra se trasladó al martes. Así me viene mejor, porque aprovecho para pasarme por el kiosko, ya que el martes es el día en que llegan "mis" revistas semanales de siempre: el Don Balón y el Gigantes, más de veinte años comprándolas cada siete días.
En una hora hice la compra, de nueve a diez de la noche. Como siempre, me traje la cena de la sección de platos preparados: había dos arroces distintos, ambos un poco "socarrats", como me gusta, así que cogí un poco de arroz con pulpo y otro poco de arroz a banda. Como añadido, una pechuga de pollo con relleno de espinacas y zanahorias que me encanta. Llegué a casa casi a las diez y media, coloqué la compra y aún pude ver los últimos minutos del partido del Madrid con mi padre. Cené opíparamente (de postre otras natillas con galleta y una cuajada, y de beber un zumo de mandarina que tenían de oferta). Subí a lavarme los dientes, me puse el pijama de invierno nuevo que me había comprado una hora antes y bajé a acompañar a mi padre hasta las doce de la noche, su hora habitual de irse a la cama. Volví a subir a "mis dominios" del piso de arriba y me coloqué de nuevo frente al PC, con la tele de fondo, como siempre. Mientras iba visitando de nuevo los distintos lugares de "mi mundo virtual" fui hojeando las revistas compradas horas antes. Me decidí a hacer un pedido a la Casa del Libro, por un libro muy especial que le quiero regalar a mi amigo donostiarra, y de paso añadí dos libros sobre los Simpsons... Sí, soy muy fan... Miré el reloj del Imagenio (odio los relojes de pulsera, hace años que decidí no llevarlos) y vi que eran "todavía" las tres de la mañana. Muy pronto para irme a la cama: si me voy sin sueño, me desvelo y no me duermo hasta el amanecer. Y empecé a pensar en las cosas que había hecho desde la mañana, y pensé que tampoco me disgusta vivir esta rutina. Y me apeteció relatar todo lo que había hecho en este frío martes rutinario de finales de noviembre.
No todo iban a ser viajes superespeciales ni sentimientos "tipo montaña rusa" (muy arriba o muy abajo, vamos). El día a día también tiene su encanto. Un poco como las cosas que hace Tooru Okada...
P.D.: me gusta mucho ver que desde hace unos días tengo un visitante bastante asiduo de Vitoria que tiene Euskaltel... Te tengo controlado, amigo, jeje. Quique en Santiago el mismo día que la buena vida en Madrid, ya es mala pata... 24 novembre Vallisoletano por una nochePues sí, al final me lié la manta a la cabeza y el pasado viernes me fui hasta la capital pucelana para ver/admirar de nuevo a Christina Rosenvinge. En un principio pensaba en ir a verla el sábado en Madrid, pero Ella tenía un compromiso inaplazable y, la verdad, para ir yo solo, Valladolid me quedaba más cerquita... Además, por qué no decirlo, me apetecía mucho saludar a Felipe y su familia, después de más de dos años de nuestro anterior encuentro. Claro que entonces eran dos y ahora ya son cuatro... Qué dos niñas tan guapas que tienen, qué envidia me dan...
El viaje fue tranquilo e incluso corto para lo que estaba acostumbrado: "solo" cuatro horas y media de cómoda autovía. Pude aparcar en la plaza de minusválidos de la calle del Regalado, en pleno centro y a escasos 200 metros tanto del piso de Felipe como de la Sala Borja. lugar del concierto. Un rápido paseo con mi "guía particular" Felipe me llevó por los lugares más interesantes de la capital castellana: Plaza Mayor, Plaza del Savador, unas bonitas galerías con aire decimonónico, la Catedral y la iglesia de la Antigua y, claro, el "cafetín" (lugar buenavidero donde los haya). Gran charla "buenavidera" con Felipe, todo amabilidad y cordialidad. Otro buen amigo que tengo, está claro que soy muy afortunado... Volvimos al coche para recoger yo mi cámara nueva (comprada 24 horas antes). Cuando la intentaba meter en el bolsillo del forro polar, en vez de abrir la cremallera del bolsillo abrí una lateral... en resumen, que de la forma más absurda metí mi flamante cámara por el hueco del forro y la pobre aterrizó contra el duro suelo... Tampoco fue tanto golpe, pero algo debió de romperse por dentro y mi nueva cámara se "murió" sin haber sido siquiera estrenada... No habría fotos de Christina esa noche...
El concierto comenzó con bastante retraso, pero al ser un auditorio de los de "estar sentados", la verdad es que pude colocarme en la primera fila y esperar tranquilamente hasta que apareciese la "secundaria" de la noche, la buena de Irene Tremblay aka Aroah. Tan tímida como siempre, tan nerviosa como siempre, tan adorable como siempre... Comenzó con una versión del Heartbreak Hotel de Elvis, nada menos, y fue desgranando varios de los temas de sus discos... pero solo uno del último, el muy bonito "El Día Después". Me gustó escucharle "Miriam, la Primera", que ya tiene unos añitos... Eso sí, muy graciosos esos "shit" y "fuck" que soltaba cuando se equivocaba con la guitarra... Lo dicho, que dan ganas de adoptarla de lo frágil que se ve...
Y llegó el gran momento: Chrstina con su banda... Para empezar con fuerzas, "Tu Boca", con aquello sonando como una banda de rock en toda regla. Poco a poco fueron cayendo las 11 canciones de Tu Labio Superior, aderezadas con varios de los temas más importantes de su larga y brillante carrera: de "Continental 62", "Tok, Tok" (brutal como siempre) y "A liar to love" (muy aplaudida); de "Cerrado", "Después de ti" (brillante) y "Glue"; de "Mi Pequeño Animal", una tremenda "Mi habitación" y una melancólica "Alguien que cuide de mí", y del "Verano Fatal" con NV, "No lloro por ti". Dieciocho canciones, con alguna ausencia destacada ("Sábado" o "Submission", por ejemplo), pero claro, es que tiene tantas buenas canciones que resulta difícil que toque todas...
Alucinante el sonido, una verdadera y potente banda de rock, con mención especial (como siempre) al gran Charlie Bautista... Christina canta cada vez mejor, cuando interpreta ella sola al piano o a la guitarra te estremece. Esa "Animales vertebrados", impagable... Por cierto, que como no podía ser menos, el "lindo gatito" apareció para hacer el coro final de "La distancia adecuada", entre las ovaciones del público... el marcaje individual continúa, al parecer...
La música terminó a eso de las once y media, así que después de conseguir un setlist escrito a mano por la diosa (sí, ya conozco su letra de anteriores conciertos, suena muy freak pero es cierto), me volví hasta la casa de Felipe para pasar la noche a cubierto. El atraco por mi parte fue descarado... Estuvimos de charla Felipe y yo hasta cerca de las tres de la mañana, admirando yo varias de las auténticas joyas que tiene en su colección musical. Ese single de "Desde hoy en adelante" me dio una envidia muy grande...
Dormí en el sofá del salón hasta casi las diez de la mañana. Conocí a las dos niñas de los ojos de Felipe y Elena, Helena y Nuria, dos preciosidades. Desayuno, más charla y vuelta a la carretera a eso de las 11 y media. A las 4 llegué a casa, "estrenando" por fin la autovía de Cacheiras... Sí, sí, Cacheiras ya tiene su propia autovía... si llegan a ver esto mis abuelos, alucinan... En cuanto me puse al día con el PC me fui a cambiar la cámara, ningún problema, que para eso soy cliente destacado... Se me ocurrió ir hasta Área Central para ver la feria de discos, aunque la decepción fue grande: muchos discos de OT, de rancheras o, en general, "de gasolinera", y poco más...
Ayer domingo era día de fútbol, como siempre. Visita con el Cacheiras hasta Silleda, donde jugamos en un coqueto campo de hierba artificial. 1-1 que debió haber sido 1-3 o 1-4. Al final hubo un follón entre el público, provocado al cien por ciento por un bestiajo de Cacheiras que quería, literalmente, pegarle a un pobre chavalillo de 13 o 14 años que estaba a nuestro lado y no le había hecho nada. Menos mal que mi padre estuvo rápido y protegió al pobre chaval, mientras el animal ese le gritaba (al niño) que le iba a saltar los dientes... Dejamos un "buen recuerdo" por esas tierras, sí. Una pena...
Ya va faltando menos para el día 12... qué grande va a ser...
18 novembre Máxima rivalidad en categorías inferioresEl pasado domingo era el día D: el gran partido de máxima rivalidad, nada menos que un Cacheiras-Recesende. El rival "histórico" del Cacheiras siempre había sido el Calo (las dos parroquias más grandes del concello de Teo), pero en los últimos años unos han tenido más fortuna que otros, con lo cual el Calo está dos categorías por encima ahora mismo. Así que, en el grupo quinto de la Segunda Autonómica, el partido demayor rivalidad es con los vecinos de Recesende. La temporada pasada el pequeño (el Recesende) había ganado los dos partidos, incluyendo el último de la temporada en el mismísimo campo del odiado rival. Esa noche hubo cohetes y fiesta en la aldea vecina. Así que este año había ganas de revancha. Mi padre llevaba toda la semana asegurando que si el Recesende volvía a ganar él se iba de la directiva...
Día del club, con entradas a cuatro euros. Unos cientocincuenta espectadores y un sol radiante sobre el césped del Ignacio Varela. A la media hora, gol del Recesende, 0-1... Pero en dos barullos en el área, antes de terminar la primera parte, el Cacheiras dio la vuelta al marcador. 2-1 y descanso.
La rifa del partido le tocó a un señor de Recesende que había comprado tres números. Fue gracioso que el improvisado locutor se equivocó al dar el número premiado: primero dijo "el 3287"... que tenía este señor... un par de minutos después, dijo: "perdón, era el 3286"... pero también lo tenía el mismo señor, o sea que la suerte estaba de su lado sí o sí... Se llevó para casa un televisor pequeñito, su equipo perdió pero él se fue todo contento...
En la segunda parte, ya viendo el partido sentados en la tribuna, poco juego pero dominio del Cacheiras. En los últimos minutos, dos goles más, hasta el 4-1 final, justo el resultado que mi padre "pedía" para dejar clara la superioridad de su Cacheiras. Unos meses después, las cosas volvían a su lugar habitual, y mi padre volvió a casa satisfecho y sonriente...
Me divierto más con estos partidos de aficionados que viendo fútbol internacional por televsión, en serio lo digo... 11 novembre Una historia particular (V): los años 90 - 3ª parteEl año 97 iba llegando a su fin. El verano había estado repleto de viajes y descubrimientos, y decidí "alargarlo" con una visita a mi familia alicantina en octubre. Fueron otras dos semanas de diversión, aunque rematadas de una manera sorprendente: el día antes de mi vuelta llegó a la costa alicantina la temida gota fría, y empezó a caer una tromba de agua desde la mañana. De repente, el suelo dejó de absorber agua y los charcos se convirtieron en lagos... Además, el piso de mis tíos era un bajo, con lo cual poco a poco la preocupación iba en aumento. Yo no veía que la lluvia fuera tan fuerte como para inundar nada, en Galicia teníamos lluvias así muchas veces y no pasaba nada, pero allí era distinto: el agua empezó a entrar por el portal, y en primer lugar fuimos utilizando el hueco del ascensor como aliviadero. Al cabo de un rato, el agua empezó a entrar por el patio trasero, con lo cual nos tuvimos que dividir en dos grupos, armados con escobas y fregonas. Finalmente, el agua empezó a filtrarse por las junturas de las baldosas del piso... Estaba claro que lo que había que hacer era rescatar todo lo posible y subir las cosas a otros pisos. En fin, que al cabo de unas horas nos encontrábamos en un tercer piso del que mis tíos tenían las llaves, mientras que en el bajo el agua había alcanzado un metro de altura y por supuesto la electricidad y el agua habían dejado de funcionar. Por suerte, en un momento de lucidez, yo había llamado en el último momento a mi padre para decirle que estábamos bien... Porque claro, en 1997 poca gente tenía teléfonos móviles...
La noche en aquel piso "prestado" fue dantesca: las urbanizaciones de la playa de San Juan parecían los canales de Venecia, estábamos incomunicados, sin luz ni agua, y únicamente teníamos una pequeña radio que tampoco era capaz de sintonizar emisora alguna. Como nota de humor, el gato de mi prima, Áticus, al verse en una situación tan extraña, se había meado abundantemente en el sofá de nuestros insospechados anfitriones... Con la llegada del nuevo día, la visión desde la ventana era tremenda. Al cabo de un rato llegó la Cruz Roja para repartir comida y bebida. Nosotros teníamos suficiente, pero de todos modos nos dieron, entre otras cosas, un salchichón rancio que nadie quiso comer. Al segundo día las cosas habían empezado a calmarse, y al menos el aeropuerto de Alicante estaba operativo, así que pudimos llamar a un taxi que me vino a recoger a unos 200 metros de casa, ya que aquello seguía inundado. Cuando llegué al taxi me encontré con el orondo alcalde de Alicante, al que una multitud de vecinos indignados pretendía linchar. Llegué al aeropuerto en chanclas y bañador , y volví a Santiago con una buena historia para contar a los amigos... Mis tíos me decían: "Bueno, en Galicia, con tanta lluvia, habrás vivido muchas cosas de estas". Pues no, nunca me había visto metido en el medio de una inundación, la verdad.
El otoño y las Navidades siguieron el patrón habitual. Pocas salidas por el mal tiempo, cena con los Losada por Nochebuena y uvas de Nochevieja en casa con mi padre. Llegaba 1998. La rutina de ir trabajando por las tardes en el laboratorio, ya sin el aliciente de los "encuentros casuales" con Montse. Después de terminar la tesina, lo lógico era escribir artículos para revistas, con el objetivo de ir ampliando el currículo. A finales del año anterior habíamos colado un paper en un congreso de mamografía de Chicago, y día a día yo seguía avanzando con lo que debería ser la futura tesis. Sin prisa y sin matarme a trabajar, claro. Aunque en realidad yo disfrutaba mucho más los días que me escapaba con el coche por ahí. Hacia el mes de junio estrené mi tarjeta del Corte Inglés (el de Santiago había abierto dos meses antes) y me compré por fin una buena camara de fotos: una Canon EOS con la que ya podía empezar a hacer cosas de mejor nivel. En los menos de dos años que la usé, hasta la llegada a mi vida de la tecnología digital, llevé unos pocos carretes a revelar, y pude completar algunos álbumes fotográficos bastante buenos. Definitivamente, la fotografía se fue convirtiendo desde aquel verano en una de mis mayores diversiones/obsesiones.
Mi primer viaje largo en solitario fue en septiembre del 98. Una ruta de dos días por Asturias. Mi amigo Pedrido se echó atrás en el último momento, pero esta vez me propuse dar un paso adelante. El viaje fue precioso: Covadonga, los Lagos, Cangas de Onís, el mirador del Fito, Cudillero, el castro de Coaña. A la vuelta paré en la playa de las Catedrales. Entre medias, aquella noche la pasé durmiendo en el coche, en concreto en la playa de Luanco, al lado del cabo de Peñas. Lo mejor de todo no habían sido los fantásticos paisajes, sino la sensación de libertad e independencia. Una nueva barrera superada: ya estaba "listo" para hacer los viajes más locos y solitarios que se me ocurrieran...
En octubre volví, un año después, al "lugar del crimen"... En la playa de San Juan de nuevo, con la familia. Esta ocasión era especial, porque me había lanzado a hacer el viaje en el coche: 1000 kilómetros, mi ruta más larga hasta la época. Con mi primo me iba todos los días a "ver mundo": el cabo de la Nao, Palos, la Manga, las cuevas del Canelobre. Lo curioso era que no era el anfitrión (mi primo) quien me llevaba a los sitios, sino yo a él. Qué bien nos lo pasamos aquellos quince días. El resto del año siguió el plan habitual, aunque aprovechaba los fines de semana para seguir saliendo y haciendo fotos.
Las Navidades habituales, observando lánguidamente y en silencio a Alda, y el nuevo año, 1999. A uno de la gran fecha... A mi padre le iba quedando ya poco para la jubilación, Como yo no tenía intención de mantener el negocio familiar (la ferretería, vamos), empezamos a echar cuentas y vimos que salía mejor cerrar la tienda, que ya solo daba pérdidas, y vender el bajo. La idea mía era mucho más ambiciosa: con el dinero del bajo, pensaba yo, nos podíamos hacer una casa en la aldea, y marcharnos de aquel minúsculo piso en el que mis libros y discos ya no cabían y amenazaban con acabar por echarnos fuera en cualquier momento. Poco a poco comenzamos a ilusionarnos con la idea y acabamos por vender también el piso. El cambio era más que ventajoso: el piso y el local por la casa nueva. Aún nos faltaba un tiempo para marzo de 2003, cuando por fin pudimos hacer la mudanza. Eso sí, el recuerdo de los meses previos al cierre de la ferretería fue curioso: en cuanto pusimos en los escaparates unos carteles de "Liquidación por cierre" la clientela cmenzó a crecer exponencialmente. La palabara "rebajado" actuaba como si de un flautista de Hamelin del consumismo se tratara. En pocas semanas nos vaciaron la tienda. Lo gracioso era que las rebajas de mi padre eran "discrecionales": le rebajaba el precio más a quien mejor le caía. A los clientes "de siempre" sí les vendió verdaderas gangas, pero alguna "nueva clienta" se llevó un montón de cosas rebajadas en cuatro duros, pero eso sí, supercontenta por haber hecho un gran negocio supuestamente. En resumen, que en unas semanas recaudamos más dinero que en los dos años anteriores. Cosas del consumismo irracional...
Para el nuevo año conseguí meter otro trabajo mío en un congreso. Era en Bilbao, en el mes de mayo, y mi jefe decidió que fuéramos hasta allí dos o tres días, un poco como premio por mi trabajo, supongo. Presenté mi trabajo brillantemente, paseamos por Bilbao y visité el entonces casi nuevo Museo Guggenheim. No faltó la foto de rigor con el famoso Puppy en la entrada del museo. De la vuelta recuerdo la comilona que nos metimos en Luarca. Aquel curso me había matriculado en los cursos de doctorado, que consistían básicamente en pagar unas 200.000 pesetas en dos años a cambio de un diploma de "suficiencia investigadora". En la práctica, ni siquiera te daban las asignaturas por las que después, generosamente, te otorgaban las máximas calificaciones. Bueno, era el peaje impresindible que había que pagar para poder hacer la tesis posteriormente. El recuerdo más gracioso de aquellos cursos fue el de una asignatura que impartía mi vieja conocida Montse en julio del 99. A diferencia de otros profesores, ella se empeñó en darla de verdad: nos soltó a los cuatro "sufridores" que éramos unas charlas de lo más aburrido en la sala de reuniones del departamento. Lo peor es que estábamos en pleno verano, que el sol calentaba las paredes de la sala, que aquella sala no tenía aire acondicionado y que el proyector de transparencias daba un calor tremendo... Allí estábamos sudando como pollos y pegados a los asientos. De repente Montse se empezó a marear y la clase se tuvo que suspender... Menos mal... Nos pudimos ir a casa y dedicarnos a tareas más propias de la época... es decir, playa y viajes.
Más viajes y fotos durante el verano. Y, con la vuelta del otoño, mi primer trabajo "oficial". Por medio de un amigo, que trabajaba en una empresa de Santiago llamada Intelsis, me surgió la oportunidad de un contrato como "ayudante" de los radiólogos del Hospital Gil Casares. Les habían instalado unos ordenadores y unas pantallas para poder diagnosticar "a distancia", algo que se llamaba muy rimbombantemente telerradiología... En vez de tener que acudir al centro médico de Lalín, la radióloga encargada podría ver las placas desde el despacho de Santiago, ganando en tiempo y dinero. En teoría, al menos... Yo tenía que asesorar a la médico que hasta entonces hacía el viaje diario de 50 kilómetros a Lalín, pero me encontré con algo inesperado: el invento de la telerradiología le había estropeado el "negocio"; resultaba que ella era de por allí, y aparte de cobrar las dietas del viaje se quedaba a comer en casa de sus padres, con lo cual la cosa se salía perfecta. Y claro, la buena de Susi, que así se llamaba, me vio a mí como el "culpable" de que el invento se le hubiera fastidiado. Se negó a utilizar los ordenadores hasta que sus jefes no la obligaran, cosa que no ocurrió hasta el año siguiente. Si yo le decía algo, se ponía a discutir como una histérica, mientras sus compañeros me hacían gestos de que la dejara en paz porque no estaba en sus cabales. la buena mujer estaba recién embarazada, con el mono de no poder fumar (en 1999 y en aquel despacho los médicos fumaban como corachas, para mi disgusto), y el día que se enteró de que años atrás me habían inyectado los famosos isótopos de ytrio en la rodilla su respuesta fue tan rápida como absurda: se puso en su silla de espaldas a mí y colocó en el respaldo un chaleco de plomo, para que no le afectaran las supuestas radiaciones de mi rodilla... ¿Pero aquello era posible? ¿Qué tipo de conocimientos tenía aquella mujer? Mi cara cuando ocurrió la escena del chaleco era un poema, mientras el resto de radiólogos me hacían gestos de que Susi estaba trastornada, que le siguiera la corriente, etc. En fin, que el ambiente de trabajo era así de surrealista. Pasados unos meses me la encontré haciendo la compra y me saludó con normalidad, así que supongo que aquello había sido una época mala de su vida y no algo habitual en ella, pero aquellos tres meses fueron de todo menos "normales".
En resumen, mi "trabajo" consistía en llegar al despacho de los radiólogos a las 9 de la mañana, encender las luces (ellos empezaban en teoría a las 8... pero no llegaban hasta casi las 10... típico), sentarme, encender el ordenador, saludar vía cámara web a mi compañero de trabajo en Lalín (tan ocioso como yo), pasarme la mañana de brazos cruzados leyendo algún libro y volver a casa a la hora de comer. Así todos los días. Tan estúpido como agobiante. A mayores, un gran amigo de la familia, que tenía un hotel cerca de Cacheiras, me había pedido que les ayudase a instalar unos equipos informaticos, y de paso enseñar a los empleados y hacer un poco de "chico para todo" en el hotel para las cuestiones informáticas. En pocas palabras, me pasaba las tardes metido en el hotel, bien enseñando a las recepcionistas a usar una hoja de cálculo o bien diseñando una base de datos para las bodas y comuniones o un programa para llevar los sueldos de los empleados de acuerdo con los gustos del contable. Con todo ello me pasaba todo el día fuera de casa, de 8 de la mañana a 10 de la noche. Eso sí, ganando un sueldo conjunto (entre lo del hospital, lo del hotel y la paga mensual por los "acuerdos" con Sanidad) de unas 400.000 pesetas, un dineral para la época. Pero lo que de verdad aprendí de aquel trimestre fue que el dinero no hacía la felicidad... En cuanto pude, me bajé del tren en marcha y recuperé mi vida tranquila. El trabajo del hotel lo seguí mantenindo un año más (por no quedar mal con nuestro amigo), pero lo del hospital y aquel clima tan enrarecido lo dejé justamente el día 31 de diciembre del 99: la radióloga Susi aún aguantó otro mes sin usar aquellos ordenadores, al parecer, pero al final tuvo que pasar por el aro.
En Santiago era Año Santo, o como se dice en estos tiempos modernos, el Xacobeo, con lo cual la ciudad estuvo repleta de turistas desde la primavera hasta final de año. Recuerdo un paseo el 30 de diciembre por la plaza de la Quintana, fotografiando las enormes colas de peregrinos que buscaban pasar por la Puerta Santa. Faltaban horas para el mítico año 2000. Lo más curioso es que a escasos 15 kilómetros de distancia, en Ponte Ulla, se estaba celebrando el último día del año una fiesta muy especial: una boda en la que la orquesta invitada era un grupo para mí desconocido en aquel momento. Sí, unos chicos de San Sebastián que hacían un pop intimista y melancólico... Y yo sin saberlo...
1 de enero de 2000: la fecha mítica había llegado. Y no se estropearon los ordenadores ni se acabó el mundo...
9 novembre Una historia particular (IV): los años 90 - 2ª parteVerano del 93: tras la muerte de mi madre, yo procuraba mantener mi mente ocupada con las asignaturas que me quedaban para terminar la carrera. Eran las dos de cuarto que había dejado "aparcadas" durante el curso, Estado Sólido y Electrónica I, y, sobre todo, la más difícil de la carrera: Electrónica II, todo un hueso duro de roer... Además había conseguido meterme en uno de los laboratarios del departamento para poder hacer la tesina y seguir trabajando dentro de la facultad. Y, por encima, estaba por primera vez ilusionado realmente con una chica (aparte de mis amores platónicos tan evocadores como imposibles). Ya en los días duros de junio había hecho mucha amistad con Montse, una de las "chaponas" de la promoción. Volvíamos andando desde la facultad, una media hora de camino, y durante ese rato yo me podía olvidar de mis penas familiares escuchando sus graciosas historias de cuando era pequeña. Siempre estaba sonriendo, con aquellos ojillos escondidos tras sus gafotas de niña estudiosa, y yo me sentía muy a gusto a su lado; además notaba que yo también le gustaba a ella. Lástima que ambos fuéramos tan tímidos. Fueron casi cuatro años de amagar y no dar... vaya par de idiotas...
Aquel verano trabajé de verdad. El premio fue que conseguí el casi milagro de aprobar la famosa Electrónica II sin haber estudiado nunca Electrónica I... aún ahora no me explico cómo pude hacerlo. Y me quedaron las dos de cuarto como único obstáculo para la licenciatura. En febrero siguiente me las podría quitar de encima sin problemas... o eso creía yo... Ese verano me había sacrificado, y en el siguiente me iba a resarcir con creces... Como "anticipo", en octubre me fui a visitar a mi familia alicantina durante un par de fantásticas semanas: la piscina de la urbanización para mí solo, los paseos por la playa, la cancha de baloncesto y el balón que me compré y, sobre todo, la amistad cada vez mayor con mi primo Pedro. Lo pasé de maravilla, realmente.
Las reclamaciones, negociaciones y acuerdos entre la asociación de hemofílicos y el Estado a cuenta de las infecciones de los años 80 habían llegado a buen puerto. En noviembre del 93 nos pagaron el primer "plazo": 5 "kilos", que se decía entonces. Y a partir de entonces, una paga mensual de "el doble del salario mínimo interprofesional", como rezaba el acuerdo que firmamos todos los afectados. Desde aquel día mis penurias económicas se habían terminado. Por supuesto que no era rico, ni mucho menos, pero para mi frugal estilo de vida aquel dinero era más que suficiente como para poder vivir tranquilamente, darme algún capricho de vez en cuando y poder (por fin) dejar de lado mis poco gratificantes tareas como profesor particular. Le cedí mis alumnos a Manolo Pedrido, mi amigo más cercano de la época, y empecé a soñar con todo lo que iba a poder hacer en el verano siguiente: playa, viajes, de todo... La primera compra "importante" de esta nueva época de mi vida fue muy simbólica: mi primera cadena musical (una Aiwa bastante maja, por unas 100.000 pesatas), mas todos los cds de The Beatles. Por fin me quitaba de encima el viejo radiocassette que me había ganado con los sobresalientes de primero de BUP nueve años antes... Con aquellos discos comencé mi colección de cds. Primero los tuve en una caja para 30, después compré otra, otra más, y al cabo de los años acabé por llenar una pared de la casa de Cacheiras. Es que cerca de 2000 cds, uno junto al otro, ocupan mucho espacio, realmente. Pero en fin, faltaba mucho para todo eso, no nos adelantemos...
1994 parecía que iba a ser un buen año, sobre todo en comparación con el nefasto 93. Mi rodilla no opinaba lo mismo, desgraciadamente, así que hacia el mes de febrero comenzó a empeorar y a darme problemas de nuevo. Los exámenes de febrero resultaron un fiasco total: suspendí la Electrónica I por "volverme loco" en pleno examen y discurrir una explicación que iba en contra de lo que explicaban los apuntes... el bueno del profesor solo supo decirme que yo debía de haber cometido algún fallo en mi razonamiento, porque había llegado a una conclusión opuesta a lo que venía en los libros. Eso sí, él no era capaz de encontrar dónde estaba mi fallo... Salí de la corrección del examen con una cara de tonto tremenda... había suspendido por discurrir demasiado...
El segundo examen fue tan absurdo como el primero: la asignatura de Estado Sólido era muy extraña, o al menos así la hacía su profesor. El caso es que este buen hombre dejaba que se llevaran apuntes, libros y lo que se quisiera para el examen. Eso sí, solo para la parte de teoría. Pero claro, como no se ponía a vigilar lo que llevaba cada cual, en la práctica todo el mundo llevaba los libros de problemas... de donde el tipo aquel sacaba los que ponía en el examen... Vamos, que todo se reducía a llevar los libros y apuntes adecuados y copiar literalmente lo que correspondiera. Daba lo mismo estudiar o no. La pena es que yo no sabía todo eso, así que no fui lo suficientemente "equipado". Otro suspenso, y de nuevo la cara de tonto... Pero pronto me olvidé de aquellos días absurdos, ya que mi rodilla izquierda reclamaba su cuota de protagonismo a pasos agigantados.
Hacia el mes de abril ya era incapaz de caminar más de cien metros seguidos sin provocarme un derrame en la rodilla. Para el mes de junio tenía que hacerle la lista de la compra a mi amigo Pedrido porque yo ya no podía bajar (y subir después) las cuarenta escaleras que separaban nuestro segundo piso de la calle. Por supuesto, las absurdas asignaturas de la carrera quedaron aparcadas, y el resto del verano consistió en una reclusión forzada en el caluroso (solo en esos meses) piso santiagués. Tanto sacrificio del año anterior y ahora resultaba que no podía hacer nada de todo lo soñado. Aquel verano aprendí cuál iba a ser mi lema a partir de entonces: CARPE DIEM, por supuesto.
En septiembre decidí irme a Madrid a "arreglar" de nuevo la rodilla. El viaje fue en tren, acompañado por el bueno de Pedrido, que en aquella época me ayudaba en todo. La visita madrileña resultó muy positiva, aunque de una forma extraña: no me hicieron nada en la rodilla en aquel momento, pero de alguna manera decidí que, estando mejor o peor, con más o menos dolor, no podía autorrecluirme en casa: tenía que salir, moverme y hacer cosas. Y el simple hecho de salir, de moverme, de caminar, de hacer ejercicio, me iba a hacer recuperar mi vida habitual poco a poco. De aquel viaje me (nos) quedó un recuerdo muy especial: la primera visita a la para nosotros inmensa FNAC de la plaza de Callao, por aquel entonces lo nunca visto para dos chicos "de provincias" como nosotros. Nos pulimos unas 100.000 pesetas cada uno entre discos y libros, y volvimos a Santiago cargados como mulas...
El otoño del 94 fue el de mi (nuevo) resurgir de las cenizas. Poco a poco, con mucho sacrificio, fui mejorando de la rodilla, y para el nuevo año ya me vi en condiciones de volver por la facultad. Recuerdo la primera tarde que llegué allí, tras casi un año desde la última vez, y cómo Montse vino toda sonriente a saludarme. A partir de entonces continué yendo a la facultad a hacer cosas de la tesina, y para el mes de junio me volví a presentar a los exámenes de mis dos particulares bestias negras. En esta ocasión estaba mejor preparado: saqué la Electrónica I, que estaba dividida en dos parciales; en el primero saqué un sobresaliente, y el segundo fue el peor examen que he hecho en mi vida... pero mi jefe movió los hilos y acabé aprobando. En cuanto a Estado Sólido, la buena de Montse me dejó libros, apuntes y demás, con lo cual el examen consistió en rebuscar entre ellos hasta encontrar las respuestas y copiarlas literalmente. En fin, que por fin era un Licenciado en Ciencias Físicas (especialidad de Electrónica). Descontando todas mis épocas de lesiones, en realidad había completado una carrera de cinco años en unos cuatro y medio, tampoco estaba tan mal... Sin embargo, lo que de verdad cambió radicalmente mi vida en 1995 no fue eso, ni mucho menos...
Con la cercanía de los 25 años de edad comencé a pensar en hacer realidad una gran ilusión: comprarme un coche con el que poder viajar, conocer sitios, moverme. Tenía dinero para hacerlo, gracias a los "arreglos" con el ministerio de Sanidad comentados antes, así que comencé a visitar concesionarios. Al principio quería un Clío, como el de mi prima de Alicante, pero poco a poco empecé a "enamorarme" del Volkswagen Golf... En fin, que el 12 de abril del 95 saqué mi flamante Golf GTI nuevo del concesionario. Acostumbrado al viejo Seat 131 de mi padre, en el trayecto hasta casa el Golf se me caló en cada parada que hacía: no sentía la vibración del motor al soltar el embrague... Pero, pequeños contratiempos aparte, a partir de aquel día mi coche iba a ser parte fundamental e imprescindible de mi vida. Cuántos lugares que no conocía me estaban esperando...
Paralelamente, mis progresos físicos seguían por buen camino. En Madrid me habían incluido en un programa experimental, consistente en inyectarme unos isótopos radiactivos de ytrio en la rodilla, con el objeto de eliminar la inflamación sinovial que tenía (en términos técnicos, una sinovectomía química). Las inyecciones comenzaron a hacer efecto y la menor inflamación en la rodilla me permitía estar cada vez mejor, así que comencé a ir todos los días a la piscina universitaria. Tras unos días de "tanteo", pronto llegué a lo que iba a ser mi rutina diaria de trabajo físico: cuarenta largos seguidos (o sea, un kilómetro), durante algo menos de media hora. Un ejercicio bastante exigente, pero que me tomé con total disciplina. Con tanto trabajo cada vez andaba mejor, lo que me animaba a ir aún con más ganas a la piscina. Todo un círculo virtuoso...
El verano del 95 fue, por tanto, el de los "descubrimientos": todo lo que conocía yo hasta el momento de Galicia se reducía a algunas playas de la costa del Barbanza, así que simplemente era cuestión de mirar el mapa y decidir cada día un nuevo destino desconocido y apasionante. Recuerdo la primera vez que, con Pedrido, llegué a la playa de Carnota. O mi primer viaje a Fisterra, el mitico Finisterrae de los romanos, que a mí me parecía tanto o más mítico todavía que a ellos. Entre medias, un montón de tardes de playa con Pedrido de acompañante. Las palizas físicas que nos dábamos eran tremendas: durante horas lanzándonos el balón dentro del agua, más horas dándole palazos a la bola en la arena... y unas cenas pantagruélicas a la vuelta, consistentes en unos bestiales bocadillos de carne asada con tomate y queso que cogíamos en un bar antes de llegar a casa (el Don Manuel de la calle Galeras), o, como alternativa no menos apetitosa, las enormes tortillas paisanas que pedíamos a TeleTortilla... después, sesiones nocturnas de juegos en el ordenador hasta las tantas... Días bien completos, realmente.
Con los viajes y los "descubrimientos" llegó la curiosidad por la fotografía. Encontré en un cajón la vieja Kodak Retinette de mi madre y comencé a sacarla de viaje... Las fotos de aquel verano del 95 fueron las típicas del turista habitual, de "colocarme" para salir en la foto y poder decir "estuve allí". Poco a poco esa tontería se iba a acabar convirtiendo en una auténtica pasión, pero aún faltaba mucho para ello. Pero entre unas cosas y otras, la verdad es que podía decirlo: por fin tenía mi verano soñado. O, por lo menos, se acercaba bastante a mis sueños.
Las cosas siguieron bien durante el resto del año. La rutina habitual de lunes a viernes consistía en ir a la piscina hacia las tres de la tarde, hacer mi kilómetro diario y seguir hasta la facultad para trabajar en el laboratorio. A eso de las ocho de la tarde procuraba salir a la hora correcta para "coincidir casualmente" con Montse y ofrecerme a llevarla hasta su casa. Con los años me doy de cuenta de que muy posiblemente ella también intentaba "coincidir casualmente" conmigo, claro. Pero al final, aparte de esos "encuentros casuales" no salimos juntos más que una tarde a Coruña, con la excusa de comprar unos discos en la tienda Virgin que habían abierto en aquella época. Todo lo que acerté a decir antes de despedirnos aquella tarde fue un timidísimo "me lo he pasado muy bien esta tarde". Ella no dijo mucho más por su parte: "yo también". Éramos campeones de un concurso de tímidos, desde luego. Aparte de aquella tarde, ella también se pasó varias veces por mi casa para traerme en mano los discos de su amado David Bowie (no me los traía juntos, sino de uno en uno: para poder venir más veces, supongo). Visto con los ojos de ahora, nuestro comportamiento resultaba hasta cómico. Como dije antes, un buen par de idiotas...
Ya estábamos en 1996. Todo seguía cada vez mejor. Con Montse seguía el tonteo, pensando ambos que en cualquier momento el otro se atrevería a dar el paso definitivo... pero no atreviéndonos a darlo ninguno de los dos. Pero bueno, la ilusión la seguíamos teniendo, así como nuestros "encuentros casuales" a la salida de la facultad. Por otra parte, yo tenía el mejor estado físico de toda mi vida: cojeaba ligeramente, pero los muchos kilómetros nadados me habían desarrollado una musculatura y una fortaleza considerables. Mi disciplina con la sesión diaria de natación era total: llegué a estar yo solo en la piscina un día que afuera estaba nevando y los coches no podían circular, u otro día que, en pleno invierno, no funcionaban las calderas y el agua, tanto de la piscina como de las duchas, estaba a temperatura "ambiente"... vamos, helada. Nada me podía parar... excepto algún nuevo contratiempo...
Hacia el mes de abril comencé a sentir unas molestias en el hombro izquierdo durante los últimos largos de cada sesión. Debería de haber parado, pero claro, yo convivía diariamente con el dolor, así que seguí forzando sin pensar en las consecuencias. Al cabo de un par de meses el hombro había empeorado tanto que tuve que dejar de ir a la piscina. Durante el verano siguieron los viajes playeros y las rutas en busca de lugares "desconocidos", pero a la vuelta del otoño prácticamente no podía ni mover mi brazo izquierdo. Ni siquiera podía escribir en el teclado del ordenador, lo que retrasó un poco la escritura de la tesina. El diagnóstico médico fue claro: "tienes el hueso del hombro muy desgastado, esto tiene poco arreglo". En fin, de nuevo tocaba apretar los dientes y comenzar la recuperación. Una vez más.
Hacia el comienzo de 1997 había mejorado lo suficiente como para poder retomar mal que bien mi vida "profesional". A finales de febrero presenté la tesina con mucho éxito, tras lo cual me tomé un par de meses "sabáticos" aprovechando un mini-verano climatológico que duró hasta el mes de mayo. En compañía del inefable Pedrido recorrimos lugares asombrosos, y más al descubrirlos por primera vez: los acantilados de la sierra de A Capelada, las playas de la Costa da Morte, baños playeros en pleno mes de marzo... Una auténtica maravilla, vamos.
Las sesiones de fisioterapia eran dolorosísimas, pero no había otro remedio. Me pasé tres meses, de abril a junio del 97, yendo cada día a la sesión de rehabilitación, sufriendo y trabajando a tope, y poco a poco fui recuperando el hombro hasta un punto digamos aceptable. Ya no podía volver a mis locas sesiones natatorias, pero de nuevo podía decir que había vuelto a subir una montaña más. Paralelamente, la historia con Montse, que nunca había llegado a comenzar, se terminó bruscamente. De un día para otro ella dejó de hablarme sin motivo aparente, y yo tampoco me atreví a preguntarle qué le había pasado. En realidad, once años después sigo teniendo la curiosidad de saber qué ocurrió para aquel cambio tan repentino en su comportamiento. Todo un misterio por resolver.
El verano del 97 fue tan bueno como los anteriores: viajes, fotos y diversión. Entre tanta salida siempre había tiempo para pasar a visitar a mi amigo Carlos, que venía a Cacheiras por vacaciones. La familia Losada eran más que unos simples amigos: el padre de Carlos y el mío eran inseparables de jóvenes y habían ido juntos a trabajar a Inglaterra. Ambos se habían enamorado y casado allí, y la esposa castellana de uno (vamos, mi madre) y la esposa portuguesa del otro (Helena, la madre de Carlos) se habían hecho grandes amigas igualmente. Carlos y yo éramos, por tanto, casi como parientes, y aunque él seguía estudiando y trabajando en Inglaterra el verano era una buena ocasión para encontrarnos... Y una gran excusa para poder merodear cerca de la inalcanzable Alda, su hermana... Si mi vecina María Dolores había sido el amor platónico de mi infancia, Alda fue el amor platónico de mi juventud, sin duda. Tanto o más inalcanzable para mí en aquel tiempo, claro. Y es que Alda lo tenía todo: guapa, inteligente, ambiciosa, trabajadora, con carácter, graciosa y cariñosa cuando quería. O sea, inalcanzable para un tímido absoluto como yo. Pero claro, eso no era impedimento para que mi corazón y mis pensamientos fueran suyos al cien por ciento... Así que durante un par de semanas en el verano y durante las fiestas navideñas (cuando Carlos y Alda volvían a Cacheiras a estar con sus padres) mi enamoramiento era total y absoluto. Aunque, por supuesto, sin el más mínimo intento de nada por mi parte. Vamos, lo de siempre... La maldita timidez...
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5 novembre DiscazosEstas últimas semanas me están dejando una generosa "cosecha" de buena música, tanto en lo referente a "descubrimientos tardíos" (gracias a mi amigo barcelonés y sus gustos psicodélicos) como en cuanto a los esperadísimos (al menos, por mí) lanzamientos de final de año. Hoy era el día D (Christina y su nuevo disco), pero el día antes mi amigo Miguel me enseñó un disco de un grupo para mí desconocido: "Estos te tienen que gustar SEGURO". Como para no fiarme de la persona que me "descubrió" nada menos que a la buena vida allá por el año 2001 (aquel mágico "Hallelujah!" que me hacía pensar en cómo había podido vivir antes sin esa música en mi vida). Así que compré el disco sin haber escuchado nada antes (eso es confianza ciega... en este caso, sorda). En fin, que la recomendación era de un grupo que podríamos calificar como folk-psicodélico: los Fleet Foxes. Y bueno... Miguel no falló (nuevamente)... UN DISCO ALUCINANTE. Curiosamente, esta tarde me compré el Rockdelux y salen en una entrevista y todo... por una vez, conozco a algún grupo de los que salen en la "biblia del buen indie estatal" (ironía... aunque me lo compro igualmente todos los meses).
Fleet Foxes y su portada renacentista... detalles y color...
Pero hoy era el día "importante"... 4 de noviembre: salida a la venta de "Mi Labio Superior", el disco de Christina Rosenvinge... No lo pude tener en las manos (el disco) hasta la noche, pero ya a mediodía "alguien" lo había puesto en descarga directa, así que me he pasado toda la tarde escuchándolo una y otra vez... Así que voy a decir/escribir algo que, teniendo en cuenta lo que me gusta la música de esta señorita, es mucho decir/escribir: ES EL MEJOR DISCO DE CHRISTINA ROSENVINGE. Desde el primer acorde de "La Distancia Adecuada" (fantástico primer single) hasta la última nota de la fabulosa "Alta Tensión". Y que aún haya quien dude del talento de esta mujer... Bueno, sin duda alguna es MI disco por una buena temporada... en compañía del ya tan cercano EP de mis amigos donostiarras, que (creo) va a ser otra maravilla.
Christina y su mejor disco... y la portada igualmente buena...
Sábado, 22 de noviembre: Christina Rosenvinge en Madrid... la tentación es enorme... estaría bien ir al concierto en compañía de mi amiga donostiarra y residente en Madrid, que también es gran fan de Christina... sería algo demasiado buenavidero hasta para la persona que se inventó dicha "palabra"... En fin, nunca se sabe... |
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