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26 septembre

Una historia particular (III): los años 90 - 1ª parte

El día 2 de enero del 90 saqué el carnet de conducir. Resultaba extraño ver la fecha de caducidad del documento: 2/1/00. La primera vez que vi el año 2000 representado con esos dos ceros. Era una fecha tan mitificada y tan lejana que parecía que nunca iba a llegar… Pero en 1990 yo estaba en tercero de carrera y con la rodilla izquierda empezando a ponerme la vida difícil. A partir de febrero y marzo creo que pude ir a clases poco más de diez días. Mis últimos días de poder andar normalmente, sin cojear, fueron por aquella época.

Los primeros viajes como conductor en el viejo Seat 131 de mi padre eran muy curiosos: el pobre hombre sabía que debía animarme a ir llevando el coche, pero a pesar de mi prudencia y tranquilidad, aquellos pequeños recorridos ponían a prueba su delicado corazón: la mano derecha agarrada al asa de la puerta, la izquierda colocada encima del freno de mano por si había que usarlo… y doscientos metros antes de cada curva, el mismo comentario cada vez: “cuidado con esa curva, ve frenando…” En fin, por suerte para él, yo conducía de una manera bastante tranquila y no añadía muchos sobresaltos a su estado de nervios.

Mi rodilla dijo “basta” al inicio del otoño. Me habían quedado dos asignaturas de tercero sin hacer, y ya solo me había atrevido a coger otras dos de cuarto, pero en todo el curso no pasé por la Facultad. Después de 15 años, finalmente perdía mi año de adelanto. Y comenzó mi “curso particular”, el que me hizo madurar mentalmente por primera vez. A mediados de octubre quedé internado en el hospital de Coruña (el antiguo Juan Canalejo), en la zona de rehabilitación. Estaba allí de lunes a viernes y los fines de semana volvía a casa. Cada día me inyectaban Factor VIII y hacía una hora de rehabilitación en el gimnasio. El resto de la jornada me lo pasaba en mi habitación individual, solo, alejado de todo mi mundo. En la zona de rehabilitación yo era algo así como el tuerto en el país de los ciegos: el resto de pacientes eran tetrapléjicos, accidentados con daños cerebrales o comatosos. Es decir, la gente por la que ya no quedaba mucho que hacer iba quedando aparcada en aquellas habitaciones. En esas circunstancias, la atención médica era, por decirlo de alguna manera, poco cuidadosa: médicos incompetentes, enfermeras que pasaban de todo, dejadez absoluta. A la larga, aquella situación me hizo crecer interiormente más que todo lo vivido hasta entonces. Me hice independiente, aprendí a estar solo y a no depender de nadie. Pero en cuanto a mi rodilla, la mejoría fue nula. Entre octubre del 90 y abril del 91, 7 meses perdidos, porque salí de allí más o menos igual que había entrado. Y decidimos irnos a Madrid a probar mejor suerte.

En la unidad de hemofilia de La Paz, en Madrid, las cosas cambiaron. Mi lesión de rodilla era lo más habitual entre los hemofílicos, y la única pena era haber llegado absurdamente a esa situación después de años de dejadez de los médicos gallegos. Me ingresaron en junio, en una habitación solo para hemofílicos, con otros dos compañeros, y estuve allí más o menos un mes, acompañado por mi madre, que andaba un poco mejor de salud y, por decirlo de alguna forma, me prestaba su último gran servicio como madre ejemplar. Me inyectaron una buena cantidad de corticoides directamente en la rodilla, con lo cual la inflamación de la cápsula sinovial descendió y la articulación mejoró drásticamente en pocas semanas. Había perdido en todo el proceso unos pocos grados en la extensión de la rodilla, pero del mal el menor: con una ligera cojera, solo tenía que ir recuperando la musculatura perdida en casi un año de inactividad, y empezar a remontar el vuelo. Mi primera remontada…

Estando ingresado en Madrid, pude ver de cerca por primera vez lo que era el SIDA. En efecto, después de compartir unos días la habitación con un simpático chaval madrileño que también tenía la rodilla lesionada, le dieron el alta y en su lugar vino otro chico hemofílico, de unos treinta años con SIDA en una fase crítica, con infecciones que le habían atacado al cerebro y las defensas por los suelos. Su aspecto físico era lamentable, y supongo que no debió de sobrevivir muchas semanas más desde que yo me fui de allí. Curiosamente, en aquella habitación los menos afectados por la visión de aquel pobre hombre moribundo éramos los otros hemofílicos. Sin embargo, nuestras madres no podían esconder su terror ante la idea de que en unos meses sus hijos pudiéramos estar en una situación similar. Mi madre callaba pero sufría cada minuto que veía a mi pobre compañero, tan demacrado, con 40 de fiebre y con la muerte rondándole. Lo que para mí supuso un impulso de madurez y un aliciente de vida, para ella fue un gran golpe moral que añadir a su ya delicada salud. Nuevamente me ronda, años después, esa idea de “tener culpa” de la enfermedad de mi madre.

Julio del 91 me lo pasé en Alicante, en casa de mis tíos. Mi primer viaje en solitario, ya que después de dos años de inyectarme yo mismo no necesitaba más que mi pequeño cargamento de Factor VIII para poder andar por ahí sin problemas. Después del calvario de todo aquel año, fueron unas vacaciones más que merecidas. Me pasé horas y horas metido en la piscina de la urbanización, sobre todo en las horas nocturnas, cuando el recinto se quedaba más vacío. Mi primo y yo nos hicimos inseparables y “amigos para toda la vida”, y mi rodilla continuó su lento mejorar, dándome de nuevo esperanzas para los tiempos venideros. En fin, que mi primer gran bache empezaba a quedar atrás.

El curso 91/92 fue el de mi vuelta a la facultad. No me atreví a tomar riesgos y solo me matriculé de la mitad del cuarto curso, mas las dos de tercero arrastradas de dos años antes. Al final me sobró el tiempo, ya que la rodilla se comportó perfectamente y pude ir a clases casi todos los días, algo insólito en mí. Cada día hacía quince kilómetros de bicicleta estática, cada vez a mayor ritmo, hacía sesiones interminables de ejercicio en mi habitación, y, en resumen, me encontraba muy bien físicamente. No así mi pobre madre, que empezó a empeorar a finales de año. En enero del olímpico 92 (otro año que parecía tan lejano pero acabó llegando) fue operada por segunda vez: en realidad, el cáncer ya se había extendido, con lo cual los médicos hicieron eso tan gráfico de “abrir y cerrar”. Quien sabe si por el "efecto placebo", mi madre mejoró un poco en los meses siguientes, hasta el verano, pero la suerte estaba echada por mucho que yo fuera incapaz de concebir tal cosa. Era cuestión de meses, lo que aguantara su físico. Yo, por supuesto, no asimilaba aquello: por mucho que lo sabía y lo “entendía”, en realidad no me lo quería creer.

Aquel verano olímpico volví a Alicante, esta vez con mi madre. Allí estuvimos todo julio. Mi madre estaba bien a ratos, aunque de vez en cuando le venían los dolores y se quedaba sin fuerzas. Yo seguía sin percibir la cercanía de la muerte, supongo que como autodefensa. Me centré, por primera vez, en trabajar como un animal en mi carrera: para el curso 92/93, me matriculé en el medio curso de cuarto que me faltaba y en quinto completo. Una barbaridad: entre clases y prácticas, me pasaba metido en la facultad desde las nueve de la mañana a las nueve de la noche; estudiaba cosas de quinto basadas en cosas de cuarto que aún no me habían enseñado; al estar a caballo de dos cursos, tenía que hacer todas las prácticas en solitario, ya que no estaba metido en ningún grupo. Al mismo tiempo, al llegar a casa, no dejaba de hacer mi sesión de bicicleta estática, y los fines de semana aún me quedaba tiempo de sacarme un dinero dando algunas clases particulares. Además, tenía una apuesta conmigo mismo: no faltar ni un solo día a clase en todo el curso; y la cumplí, incluyendo aquel día que nevó y los coches no podían circular, con lo cual me fui andando hasta la facultad, que a cabezota no me iba a ganar nadie. Acabé sacando adelante el quinto curso, con buenas notas, las prácticas de todas las asignaturas, y solo me dejé para septiembre los “restos” de cuarto (Estado Sólido y Electrónica I) y la asignatura de quinto que dependía de esos “restos” de cuarto, la famosa (por su dureza) Electrónica II. Un gran éxito que no me importó lo más mínimo, porque en casa tenía un drama.

Mi madre no volvió a salir de casa desde las Navidades del 92. Su debilidad le impedía enfrentarse a los dos pisos de escaleras, y en mis escasos ratos libres yo me encargaba de hacer la compra y los recados en general. Hacia abril, mi madre ya se sentía morir, por más que mi padre y yo le ocultáramos (absurdamente) la gravedad de su estado. Únicamente su gran fortaleza física la mantuvo con vida aquellos meses, pero a finales de mayo, justamente el último día de clases, como si estuviera escrito, su cerebro se vino abajo. La metástasis le había llegado allí, haciéndola delirar por momentos, y aquel día no lo olvidaré en mi vida. En concreto, una escena terrible: mi madre, moribunda y delirando, obsesionada por bailar, y mi pobre padre cogiéndola entre sus brazos y complaciendo su delirio en medio del comedor, conmigo de espectador. Ese día entendí lo que significa AMAR a tu compañera: no consistía en darse muchos besos ni caricias, ni en hacer regalos, ni en salir a muchas fiestas; no, consistía en sufrir hasta el límite por tu amada, en acompañarla hasta el último momento, en hacer TODO para que ella estuviera contenta en sus últimos días. Sí, mis padres se amaban DE VERDAD.

Aquella noche mi madre entró en coma, y aún se mantuvo con vida un par de semanas más en el hospital. En medio del mes de junio, conmigo obligado a pasarme el día metido en la facultad con aquellas malditas prácticas, que al menos me permitían olvidar durante unas horas todo lo que estaba ocurriendo. Mi madre despertó un par de veces antes de la agonía final, y aún en ese estado su máxima preocupación era por su único hijo: “dile al chico que no se preocupe, que tiene que estudiar”, le decía a mi padre. En fin, que el 11 de junio del 93 (siempre el 11 presente), mi madre murió en el hospital. Desde el día del entierro hasta hace cosa de un año (cuando se murió una gran amiga de la familia y fue enterrada casi al lado), durante 14 años, no quise volver a entrar en aquel cementerio ni ver su lápida. Ella me había criado y me había visto crecer, y ahora me dejaba abierto el camino de la edad adulta. Ella no iba a ver todas las cosas buenas que me iban a pasar en el futuro… o, de alguna manera, SÍ LAS IBA A VER. Porque desde entonces siempre iba a sentir su presencia a mi lado, su ayuda en los momentos difíciles y su alegría en los momentos de felicidad. Supongo que esto es el amor entre madre e hijo.

De una forma u otra, la vida seguía. Verano del 93: yo tenía 23 años y tenía que continuar solo.

 

-------- Parte I: los años 70 --------

-------- Parte II: los años 80 --------

 

------- Parte IV: los años 90 (II) --------

-------- Parte V: los años 90 (III) --------

22 septembre

Dejando las cosas claras al actor secundario (y quedándome muy a gusto)

Lo bueno de tener un supuesto rival tan inferior es que te puedes echar unas pocas carcajadas a su costa. Y es que hay gente tan patética por este mundo adelante que, por más que uno se quiera esforzar en ser bueno, llega un momento en que te ves obligado a ponerlos en su justo lugar. En fin, él lo ha querido así. Por cierto, que como el pobre hombre no hace más que leer mi blog, es mejor que escriba directamente una entrada en vez de andar con correos personales. Lo leerá más rápidamente...
Ese a quien llamo "el actor secundario" (no fue idea original mía, sino de mi amigo ilicitano, por cierto), no es más que el pobre imbécil que Ella se ha echado de novio. Que sea un imbécil no quiere decir que sea buena persona. Qué va: es imbécil y mezquino, las dos cosas a un tiempo. Por un lado, es muy muy cortito (borderline, que diría mi amigo murciano). Por el otro, su palabra tiene menos valor que un duro de cuatro pesetas, como bien pude yo comprobar en su momento. Aquellas promesas suyas de hace cosa de un año, aquel viaje que hizo a Santiago y que yo toleré... Le tendí la mano y él escupió en ella. Vamos, un tesoro de chaval...
Cuando Ella acabó por huir a Madrid, yo no me metí en ese gran error que estaba cometiendo: simplemente sabía que se equivocaba, y que esa equivocación me hacía daño a mí. Escribí sobre todos esos temas en MI BLOG: es decir, en MI diario PERSONAL. Estaba claro que Ella se iba a encamar rápidamente con el actor secundario, por más que Ella lo negara una y otra vez. En consecuencia, y cumpliendo con mi palabra (yo sí), corté toda comunicación con Ella, aún sabiendo que con ese gesto renunciaba a poder tener una o dos aventurillas al mes por Madrid: sí, sí, lo que Ella de verdad quería era eso, que de vez en cuando yo me pasara por la capital, por supuesto a escondidas, y "revivir" las noches locas barcelonesas. Poca gente renunciaría a algo así, pero yo estoy entre esa gente, qué le vamos a hacer. Yo tengo escrúpulos.
A primeros de julio, Ella casi me "suplicó" que la llevara al Contempopránea (nuestro festival). Yo le dije que estaba dispuesto a hacerlo, pero siempre que Ella no estuviera con nadie. Primero me aseguró que no estaba con nadie, aunque al cabo de unos días entendió que no podía desaparecer de Madrid todo un fin de semana sin que el actor secundario se diera de cuenta de que ocurría algo extraño. Y, sobre todo, sabía que yo no iba a guardar semejante secreto: no me podía pedir que lo hiciera y, mucho peor (para Ella, claro), sabía que yo lo iba a contar en mi blog. Y en cuanto yo lo publicara en mi blog, el actor secundario iba a tardar diez minutos en enterarse.
A pesar de que yo me limité a expresar mi pena en MI blog, que no volví a llamarla a Ella ni una vez, y que por supuesto no me acerqué por Madrid ni medio kilómetro, el actor secundario no podía contenerse. Yo tenía la sospecha de que se pasaba a menudo a leer en MI blog, pero no tanto: el caso es que el pobre actor secundario fue leyendo tantas cosas (todas ciertas, y nunca metiéndome con él para nada) que no pudo reprimirse más: aprovechó que Ella escribió una entrada en su olvidado blog, solo para que yo la leyera; era su "confesión" (bastante cobarde, lo habitual) de que estaba con el actor secundario. Realmente, Ella lo escribió solo para "informarme"; pues bien, el actor secundario tardó escasos tres minutos en "remarcar" su conquista con un par de absurdos comentarios en dicho blog. Entendí que era su paupérrima manera de decirme "te he vencido", así que, como a orgulloso no me gana un ser tan patético, escribí en MI blog una "entrada-anzuelo" dedicada a ese gran hombre: tardó menos de una hora en enviarme un correo que pretendía ser insultante. Pobre diablo... Se llevó su respuesta adecuada, sin un insulto por mi parte, pero dejándole muy claro que él había "ganado" en una competición de la que yo me había retirado hacía meses. Y aún así, sin tener rival, solo había podido ganar haciendo trampas. No era para sentirse muy orgulloso, al fin y al cabo... Eso él lo sabe en el fondo, y es lo que provoca que tenga un comportamiento tan patético.
No volví a saber nada de la "feliz" pareja (jajaja) durante todo agosto. Pero llegó septiembre y de repente todo cambió: primero fue el anuncio del concierto de despedida de La Costa Brava en Zaragoza; seguidamente, la triunfal vuelta de La Buena Vida en diciembre. Demasiado tentador como para que Ella mantuviera su silencio. Así fue como acabó (con medios engaños y demás artimañas típicas) por irse a Zaragoza CONMIGO. Para estar CONMIGO. Al bobo del actor secundario le ocultó dicho encuentro, pero claro, el actor secundario se leía MI blog todos los días y allí estaba escrito que yo iba a ir a Zaragoza. Qué ataque de celos. El pobre diablo se pensaba que yo estaría dispuesto a ser tan ruín y despreciable como había sido él meses atrás. Lo de liarse con una chica sabiendo que esta tiene pareja, vamos. Se cree el ladrón que todos son de su condición...
En fin, que por supuesto que si yo hubiera querido (en Zaragoza y en Madrid, y donde yo quisiera) Ella y yo le hubiéramos puesto los cuernos sin ningún problema. De hecho se lo acabo de decir a Ella por teléfono (me ha llamado hace un rato, sí), y cuando le he dicho "si tú no supieras que si eso pasaba yo no me lo iba a callar, y entonces el madrileño se iba a enterar, tú no ibas a sufrir nada por ponerle los cuernos, ¿verdad?" Su respuesta, después de una sonora carcajada, ha sido "qué bien me conoces, Ricardo". Y tanto que la conozco bien... Si el actor secundario no me cree, puede preguntarle a su novia, a ver si he mentido en eso que acabo de decir...
Uno de los ejemplos más nítidos del patetismo del actor secundario ocurrió poco antes del viaje a Zaragoza. Como yo he renunciado a saber nada de Ella por vía "directa" (llamándola, vamos), me suelo pasar por su blog a ver si algún día, por casualidad, Ella decide escribir algo. En una de estas, vi que tenía un comentario "suprimido por el autor". Pensé "bueno, alguno de estos que escribe insultos o mensajes spam". Pero no sé por qué, cuando estábamos en Zaragoza salió el tema, y medio en broma, le pregunto: "Oye, ese comentario que borraste, ¿no sería el madrileño escribiendo alguna bobada de las suyas?" Pues resultó QUE SÍ ERA EL MADRILEÑO. A saber lo que había escrito (Ella no me lo quiso decir). Es algo muy humillante que escribas un comentario en el blog de tu novia y Ella tenga que borrarlo... Realmente penoso...
En Zaragoza Ella me definió muy bien a su nuevo novio. En mi entrada de hace unos días no quise hacer sangre con el tema, pero como ese pobre diablo se empeña en su fijación hacia mí, ahí quedan los "cariñosos" adjetivos con que el actor secundario es definido por su novia de hace dos meses escasos: ES UN INFANTIL, ES MUY SIMPLÓN (esto me lo decía en comparación conmigo), Y SIEMPRE ANDA CON SUS AMIGOTES. Cuando le dije a Ella que si definía así a la persona con la que estaba, no entendía qué hacía con alguien así, me respondió: "YA LO SÉ. YA ME CANSARÉ DE ÉL, pero mientras tanto él es muy gracioso. Además con lo que trabajo, casi ni nos vemos, ni salimos por ahí ni nada..." Ante semejante respuesta, le hice ver que, si el actor secundario daba pena, Ella no se quedaba atrás, porque a pesar de ver todo eso se rebajaba por andar con alguien así. Ella asentía con la cabeza, dándome la razón. Pero, como siempre, los miedos la atenazan... Nada nuevo en el planeta-Jessie...
Después de mi viaje a Zaragoza, y como simple curiosidad, decidí instalar en este blog un contador un poco más sofisticado que el propio del Messenger. Quería conocer un poco más a mis lectores... y, de paso, "monitorizar" las entradas del actor secundario. Ha sido un completo éxito. Cuando hace unos minutos le he preguntado a Ella: "oye, el imbécil ese, ¿no trabajará en Viajes Marsans por un casual?", Ella se ha quedado sorprendidísima. Pues claro que trabaja ahí... y por supuesto que lee MI blog desde el trabajo (uy, uy, uy, como se enteren tus jefes te van a echar, machote). Desde el día 14, en solo 7 días, este pobre payaso ha entrado en MI blog ¡VEINTICUATRO VECES! Teniendo en cuenta que los fines de semana no puede entrar desde el trabajo, sale a una media de casi cinco por día. Y no solo entra, no. Cuando tiene un ratito libre, se pone a leer con todo detalle: en total, se ha pasado metido en MI blog y leyendo, en estos escasos seis días laborables, ¡CINCUENTA Y OCHO MINUTOS! Eso sin contar con las veces que no quedan registradas; o sea, que esa casi una hora de lectura es más bien el valor mínimo registrado. ¿Alguien por ahí conoce una palabra más descriptiva que "PATÉTICO"?
En fin, que en vista del nivel del personaje, cuando estoy de buen humor ya no dudo en dejarle (en MI blog) algún saludo al actor secundario: un lector tan fiel bien merece un detallito por parte de su escritor preferido, digo yo. Así que el pobre diablo, en su habitual estilo patético, esta mañana decidió contraatacar. Volvió a escribir otro comentario-bobada en el blog de Ella, claramente dirigido a mí, por supuesto. Porque Ella no ha escrito nada nuevo en su blog desde el 30 de julio: entonces, ¿qué haces escribiéndole un comentario en el blog a alguien con quien ya estás todos los días, sabiendo que Ella no entra en internet durante semanas? Lo que haces es EL RIDÍCULO, por supuesto. Y, cómo no, nada nada más escribir dicho comentario, a las 13:25, unos segundos después entró en MI blog, dedicando 14 minutos largos de su jornada laboral a leer todo lo nuevo que yo había escrito. Repito: ¿alguien conoce una palabra más adecuada que "PATÉTICO"? Es que dicha palabra se queda muy corta ante semejante comportamiento.
Cuando he leído esa tontería en el blog de Ella (insinuando que viven juntos, o algo así. Al parecer es mentira, pero bueno...), he pensado que ya está bien. Hay gente que no se merece ni la más mínima conmiseración (búscalo en el diccionario, chavalote). Si un pobre imbécil como este se empeña en meterse conmigo, pues nada, habrá que ponerlo en su sitio (sin violencia física, que ahí perdería yo, claro). Por eso he escrito esta entrada, para que este pobre diablo tenga algo que leer en su dura jornada laboral. No me dés las gracias, chavalote...
Por supuesto que le he contado este suceso a Ella. Se ha quedado muy sorprendida de la historia de las visitas desde Viajes Marsans. Me ha dicho "¿pero por qué no me has avisado de todo esto antes?" Y mi respuesta: "Pero con todo lo que ya viste en Zaragoza, aún necesitabas más demostraciones?" La pobre me da hasta pena, la verdad. Si tuviera un mínimo de sensatez, esta misma noche mandaría a paseo a semejante personaje (que, al parecer, no sabe ni siquiera satisfacerla en el plano físico... es la verdad, chavalote, asúmelo, ni para eso sirves). Más o menos eso (mandarlo a la mierda) es lo que me ha dicho que va a hacer, a lo que yo le he respondido "tú sabrás, es tu vida la que estás hundiendo". Conociéndola, lo más seguro es que no se va a atrever a hacer nada. A lo mejor me sorprende, no sé...
Como aquí ya no caben "respetos" a quien no se los merece, voy a confesarle alguna cosita más al actor secundario: mira, chavalote, tu novia se muere por estar conmigo, y no se atreve solo porque sabe que yo no voy a aceptar hacerlo "a escondidas". Entre sus planes de futuro inmediato está el venirse unos días a Santiago para estar conmigo. Cuando le pregunté "¿y esto lo sabe el madrileño?", me respondió, riéndose, "uy, claro que no, a él le diré que estoy en Tordera". Y, resumiendo, que cuando te dije que aprovecharas el momento porque el invierno llegaba pronto, está claro que te sobreestimé: eres capaz de no llegar ni al otoño, que empieza mañana. Y eso teniéndola a Ella en Madrid, conmigo apartado voluntariamente y sin tener tú que hacer sacrificios de viajes ni gastos para estar con Ella. Vamos, que en la edición próxima del Guiness de los Records, van a poner tu foto al lado de la entrada "ser humano más patético del año". Si además de patético no fueras tan miserable, me darías mucha pena. Pero como por encima eres una mala persona, lo que me das es RISA. JAJAJAJAJA
 
Por cierto, que para quien quiera comprobar el número de visitas de este personajillo a MI BLOG PERSONAL, no tiene más que pulsar, a la izquierda y abajo, el logo de SiteMeter... Ella me ha pedido que se lo envíe por correo, también lo haré ahora mismo. En fin, la vida tiene cada cosa...
 
Hala, ya me he quedado a gusto... EN MI BLOG PERSONAL: o sea, que si el actor secundario entra y se molesta por lo que lee, es problema suyo, porque lo está leyendo en una PÁGINA PERSONAL, no en ningún foro público. Ajo y agua...
 
 
 

Autorregalos y Salud-Dinero-Amor

Hace un par de semanas que descubrí una nueva diversión potencial, gracias a esta página. Ver esas secuencias de luces que van y vienen, de nubes en movimiento y de un mundo visto desde otra perspectiva (temporal) encendió una lucecita en mi ya predispuesto cerebro: tengo la cámara, tengo el trípode. Solo me faltaba el temporizador... en Santiago, imposible de conseguir. Así que empecé a bucear por foros y páginas de internet, hasta que encontré una tienda de Madrid que parecía de fiar. Dicho y hecho: en 24 horas, en casa y en perfecto estado, mi nuevo temporizador y, de paso, mi largamente deseado filtro polarizador para el objetivo de 17-40. Un caprichito (o dos) que mi escasez de gastos en los últimos meses me permitía hacer sobradamente. Ahora ya solo me faltaría un trípode motorizado, al estilo de los de los astrónomos, para que mis secuencias puedan tener también movimiento. Bueno, dejaremos pasar un tempo prudencial, por ahora ya tengo juguetes nuevos con los que jugar...
La primera prueba la hice el viernes pasado, después de darme el que espero aún no sea mi último baño playero. Enfoqué hacia el sol y saqué una foto cada 5 segundos, durante unos 15 minutos. Me fallaron varias cosas (normal en un novato): básicamente, dejé la cámara en modo automático y me hizo cambios "feos" en la secuencia de fotos. Pero era solo eso, una prueba. Mi primer timelapse (así se llama) en serio lo espero hacer esta semana que entra: desde el monte Pedroso, el atardecer sobre Santiago hasta que sea noche cerrada y solo queden las luces de la ciudad. Más o menos es cosa de hacer fotos durante 30-35 minutos, y creo que puede quedar bastante bien. Ayer "estudié" el lugar y los tiempos, así que solo me queda ponerme manos a la obra... En fin, otra diversión más...
Hablando del tema de gastos, me viene a la memoria una idea que en los últimos años he podido comprobar personalmente: salud, dinero y amor están relacionados entre sí. Completamente. Es como si entre los tres no pudieran sumar más allá de una cantidad máxima: si una de esas tres magnitudes crece mucho, será a costa de alguna de las otras dos (o de las dos). En Barcelona, ýo gastaba tantísimo esfuerzo en el amor que la salud (mis pobres rodillas) y el dinero (mi pobre, nunca mejor dicho, cuenta corriente) dieron un bajón considerable. Supongo que para compensar. Por el mismo motivo, es lógico que actualmente ande tan bien de salud y mi cuenta corriente no sufra el "stress" de los años anteriores. En otras palabras, que no se puede tener todo... aunque aspiremos a hacerlo... Lo bueno es, al menos, poder llegar a ese valor máximo. Sin embargo, conozco a alguna persona que está tan ciega ante la realidad que es capaz de estar bajo cero en los tres apartados. Sí, Ella es muy infeliz, creía que lo iba a tener todo y resulta que se ha quedado sin nada. Lo ha conseguido con su cabezonería: no tener dinero, no tener fuerzas para nada y no tener amor (del verdadero), todo al mismo tiempo... Ha pasado de un delicioso solomillo al roquefort regado con un buen rioja al bocata de chopped barato con agua del grifo. Metafóricamente hablando, y literalmente también.
Por lo demás, otro fin de semana sin nada que valga la pena... (el copyright de la frase es de La Buena Vida, no mío). Partido de fútbol del Cacheiras con nueva victoria (la tercera en tres partidos) y mi padre que me ha vuelto a endilgar el carnet de socio. Era bonito cuando el año pasado Ella se venía conmigo a ver los partidos y nos reíamos de todas las cosas curiosas que acontecen (que son muchas) en un partido de segunda regional. Bueno, a lo mejor para la segunda vuelta del campeonato repetimos esas sensaciones... mientras tanto, seguiremos tranquilamente esperando en el fondo del pozo... se acerca el tiempo de la recolección, y la fruta madura está cada día más cerca de caer...
19 septembre

La playa y las charlas filosóficas

... y no me refiero a la mítica canción de Los Planetas... El caso es que estoy aprovechando al máximo estos últimos días del verano, que tan mal tiempo ha tenido por estas tierras. Es fantástico bajar a mi querida playa de As Cunchas, prácticamente vacía en esta época, y disfrutar de un buen baño. Bueno y fresquito, a decir verdad. Después de hacer un poco de ejercicio (cada día más y mejor), sentarme y secarme al sol, mientras veo pasar el mundo por delante. Todo a un ritmo lento, tranquilo, sin prisas. Como a mí me gusta.
Las sensaciones físicas del ejercicio van siendo mejores cada día que pasa. El hombro izquierdo no se queja, las rodillas cada vez andan más sueltas, y hoy incluso me atreví durante un rato a hacer un ejercicio que llevaba años sin poder hacer: yo le llamo "correr dentro del agua". En fin, que cuando uno tiene serios problemas físicos, el hecho de sentirse bien, poder moverse sin dolor y poder hacer ejercicio sin hacerse daño, todo junto significa que esté muy contento. Casi feliz...
Ayer no fui hasta la playa, pero a cambio conseguí comprar, después de varios días de "obsesión", una camiseta que me gustaba mucho. Supongo que me gustaba tanto porque refleja muy bien mi personalidad...
 
Aquí mi "eu elemento único", aquí unos amigos...
 
Ayer también fue día de charlas telefónicas. Después de pasarme de rosca durante más de una hora con mi sufrido amigo barcelonés (no sé parar...), no me quedé contento y hablé durante otro buen rato con mi amigo compostelano (no todos mis amigos tienen que vivir tan lejos, digo yo). Me encanta saber que la vida le va tan bien con su chica, a ver si en un tiempo no muy lejano nos vamos de boda... Como suele ocurrir, la conversación fue derivando hacia el monotema (el mío, al menos), pero mi amigo me dijo una frase con la que no puedo estar más de acuerdo: "El amor de verdad no es tanto un sentimiento como un acto de voluntad". He aquí el gran error que comete hoy en día tanta gente, especialmente del sexo femenino: amar a alguien consiste en QUERER HACERLO. No hay "medias naranjas", no existen las "maripositas en el estómago" más allá de las primeras semanas. Existe el cariño, el respeto, la lealtad, la confianza en el otro y por supuesto el sexo. Si tienes todo eso, entonces tienes AMOR VERDADERO. Del que dura una vida, vamos... Claro está que para entender esto hay que deshacerse de muchos tópicos tan de moda en la actualidad. Y hay gente que, teniéndolo todo, siente que le falta algo que en realidad nunca va a poder alcanzar. Gente que es feliz y no lo sabe. Como con tantas cosas, es cuestión de años y de madurez el poder llegar a entender algo tan importante. Es una de las lecciones imprescindibles de la vida.
Toda esta conversación tan filosófica salió a colación, como no, a partir de mi monotema de siempre. Ella era incapaz de apreciar todo lo fantástico que tenía, nunca le dio su verdadero valor. A cambio, ahora tiene un sucedáneo barato. Por supuesto, al cambiar, volvió a sentir sus añoradas "mariposas en el estómago", pero el problema viene cuando eso desaparece. En ese momento, todo lo que tendrá a su lado es eso, una copia de mala calidad y llena de fallos. Cuando acabe por reconocer lo que en el fondo ya sabe, lo que haga dependerá de si ha aprendido la lección o no: lo fácil será salir en busca de un nuevo sucedáneo, con el que volverá a repetir la misma historia, cíclicamente. Lo difícil, lo maduro, lo lógico, será intentar recuperar como sea aquel AMOR VERDADERO que tuvo y despreció en su momento. Resumiendo: la salida fácil pero que no lleva a nada, o la difícil que lleva al lado de la felicidad... El eterno dilema, vamos...
 
P.D.: los planes para octubre podrían ser tan fabulosos que me da vértigo el pensar que pudieran salir bien... eso sí sería una salida triunfal del pozo para Tooru Okada...
P.D.2: esto ya es demasiada "casualidad": después de cuatro días de obsesión total con Pigmy, se me ocurre intentar tocar (aporrear) los acordes de alguna de sus canciones. Pues bien, justamente hace unas horas que "alguien" ha subido a internet los acordes de "Todos Felices"... ¿telepatía?
 
17 septembre

Una historia particular (II): los años 80

Para 1980 yo ya andaba por cuarto de EGB. En aquel curso conocí a mi primer “amigo para toda la vida”, el bueno de Cecilio. Allí estábamos los dos, pupitre con pupitre, en la última fila de la clase: en mi colegio eso significaba que éramos tan buenos que los profesores no nos tenían que vigilar. Y la verdad es que, pensándolo bien, tenían toda la razón: no recuerdo una sola travesura que hiciéramos en todos aquellos años. Sí, éramos lo que se dice unos “niños buenos”.

Casi todos los años, al terminar el curso, a finales de junio, llegaba uno de mis momentos preferidos: el viaje a Madrid, con mi madre, en tren, para ver a mis primos, tíos y abuela materna. El paso de una ciudad pequeña como Santiago a toda una metrópoli como Madrid era un cambio tremendo en aquella época, no como ahora. Aquellos quince días eran una auténtica fiesta, llena de novedades. Para empezar, el mismo viaje en el Talgo (apuntando estaciones, horarios, túneles y todo lo que veía). Ya en Madrid, ir en el metro, ver las luces nocturnas de la gran ciudad, aprender las nuevas “tendencias” capitalinas de la mano de mi primo Pedro, jugar con sus abundantes juguetes: todo era divertido y novedoso. Y, a la vuelta, los amigos del barrio deseosos por conocer todas esas “noticias” de la capital. En el verano del 81, en concreto, me traje de allí un juego que causó furor entre la pandilla: nada menos que el antiguo fútbol de chapas. Fueron horas y horas de partidas tirados en la alfombra del salón del piso durante los siguientes años. Visto con perspectiva, la verdad es que la paciencia de mi madre era infinita, con tres o cuatro críos espatarrados en el comedor toda la tarde.

El 82 fue en España “el año del Mundial”. El que fue décadas más tarde icono pop, el famoso Naranjito, estaba por todas partes. Por aquellos tiempos el fútbol (y el baloncesto, y los deportes en general) suponía para mí un asunto de vital importancia, y el hecho de perder de ver un partido digamos Checoslovaquia-Kuwait representaba toda una tragedia. Un mes antes del Mundial, mi padre había cedido a las “enormes” presiones de su hijo (“eres un tacaño” era mi argumento favorito, y el que más hacía mella a mi padre), y había dado “permiso” para comprar la televisión en color. Una Philips “último modelo” de 22 pulgadas, que costó 120.000 pesetas de la época, un dineral. La primera “tele” en color del edificio. Nos duró aquel aparato quince años, hasta que se lo revendí a un amigo por 10.000 pesetas y compré otra “tele” nueva.

En lo particular, el 82 fue el año en que me concedieron el Factor VIII “para casa”: es decir, que en vez de tener que ir al Hospital a que me lo pusieran, a partir de entonces lo íbamos a tener guardado en la nevera, listo para inyectar cuando lo necesitara. Era otro gran avance, aunque teníamos un problema: yo aún no sabía “pincharme” a mí mismo, y cuando mis padres intentaron aprender se toparon con que solo de acercar la aguja a mi brazo empezaban los pobres a temblar como flanes. Menos mal que teníamos una vecina que era enfermera, Elena, que se hizo muy amiga de la familia y nos sacó de un buen montón de dificultades.

Mi vida seguía avanzando. Terminé la EGB en junio del 83 y me fue concedido un permiso especial para continuar con un curso de adelanto. Por más que la directora de mi colegio se empeñó en que entrara en un colegio de alto nivel, yo me impuse, a pesar de mi corta edad, y conseguí entrar en el instituto público que había cerca de casa. Tan cerca que en la media hora de descanso me iba a casa a cambiar los libros. El ambiente era distinto a la superprotección del colegio, pero ni mucho menos era nada peligroso, ni siquiera para un niño de 13 años como yo. Al cabo de un par de semanas, los nuevos profesores ya me conocían y las notas máximas siguieron cayendo sin dificulatad alguna para mí. Porque todo el mundo imaginaba que yo me pasaba horas y horas estudiando, cuando en realidad no daba un palo al agua. Nadie me creía cuando lo intentaba explicar, pero tampoco me importaba demasiado el hecho de que me consideraran lo que se llamaba por estas tierras un “chapón.

Mi primer amor (platónico, claro) fue un clásico: la vecina del piso de abajo. Era lo que se podría decir una historia desde la infancia. Nuestro edificio era un poco como una gran familia, donde todos íbamos al piso de todos, los niños nos juntábamos a jugar un día en un piso, otro día en otro, y en concreto nosotros teníamos mucha relación con todos. La única niña del edificio de edad parecida a la mía era María Dolores, una preciosa niña de pelo largo rubio, muy tímida y muy querida por mi madre (que siempre me recordaba lo bien que cuidaba la casa cuando su madre se iba a trabajar). Lástima que tenía un año y pico más que yo, y en esas edades, al ir creciendo, ella no me veía más que como un niño pequeño. Además, con mi enorme timidez, aquella chica me imponía realmente, y me ponía colorado como un tomate a la mínima. Ella lo sabía muy bien, claro; en realidad, era algo tan obvio que lo sabía todo el mundo, lo que todavía me causaba más vergüenza. Vaya, lo típico de estas edades. El caso es que, dentro de lo que se puede usar la palabra a esas edades, estaba “enamorado” de María Dolores. Sentimiento que me duró bastantes años, por cierto.

Cuando todo parecía ir tan bien, en realidad se estaba preparando mi primera sentencia de muerte. Solo que aún no lo sabíamos. Hacia el año 83 empezaron a oírse algunos rumores entre los hemofílicos más informados de nuestra asociación. Recuerdo a uno de ellos, que tenía fama de estar medio chalado, que empezó a decir que él no se ponía más Factor VIII porque era, en sus propias palabras, “veneno”. Quién nos iba a decir entonces que aquel tipo tenía razón… En efecto, el Factor VIII que nos daban procedía de sangre de donantes sin ningún control; durante varios años los responsables aseguraron que no había ningún riesgo, pero en realidad ellos mismos sabían que estaban mintiendo. El caso fue que, hasta el año 86, en todo aquel tiempo nos suministraron Factor VIII contaminado con el virus VIH: sí, el del SIDA. La consecuencia: la totalidad de los hemofílicos tratados con Factor VIII infectados; de ellos, la mitad muertos. Palabras mayores.

A pesar de todo lo que se oía, y quizás como medida de autoengaño, en mi casa no dábamos mucha importancia al tema del VIH. Yo seguía como siempre, fuerte como un toro, y descontando mis problemillas de tobillos (y, en alguna ocasión aislada, de rodillas), mi salud era de hierro. Era la antítesis de un enfermo inmunodeprimido. Así que mi vida seguía con total normalidad: terminé los estudios secundarios (el antiguo COU) en el año 87; sí, el de las huelgas masivas de estudiantes, con personajes destacados de la época, como el famoso “cojo” Manteca (¿alguien lo recuerda todavía?). La selectividad supuso un nuevo éxito para mí, y aunque pude escoger la carrera que hubiera querido, al final decidí escoger Física, por dos motivos: primero, porque fue la carrera elegida por mis mejores amigos del instituto; y, segundo y más importante, porque se impartía en Santiago, y entonces yo no me podía plantear irme de la ciudad y vivir de manera “independiente”, con todos mis problemas derivados de la hemofilia. Así fue como entré en la Facultad de Física en octubre del 87, sin siquiera cumplir la mayoría de edad.

El cambio universitario me sentó realmente mal. Aulas de ciento y pico alumnos, los profesores no conocían a la gente, todo era distinto, completamente impersonal. En este nivel, mis continuas faltas de asistencia a clase (que me habían acompañado desde la niñez) ya empezaban a tener importancia: perderme tres o cuatro días seguidos por un derrame suponía una enorme cantidad de materia por recuperar. Así que pasé de los sobresalientes a una media de entre aprobado y notable. Fue la primera vez en que aprecié que realmente estaba en clara inferioridad de condiciones por mi enfermedad. Pero, a decir verdad, aquello no supuso ningún problema personal para mí: en realidad, nunca había sido demasiado ambicioso en cuanto a destacar sobre los demás.

En febrero del 88 se confirmó la sentencia de muerte: me hicieron el análisis del VIH y resultó positivo. El disgusto más grande se lo llevó mi pobre madre, que fue la que escuchó la noticia del médico. En aquellos tiempos, semejante diagnóstico equivalía a un futuro más que oscuro: era cuestión de meses o quizás algunos años el que se desarrollara la enfermedad, y entonces las probabilidades de supervivencia eran casi nulas. Un mazazo, vamos. Sin embargo, el único que no se vio afectado por aquello fui yo mismo: no sabría decir si por pura inconsciencia o por estar acostumbrado a las dificultades, pero el caso es que no perdí una sola hora de sueño por saber que era VIH positivo. Mi salud continuaba siendo tan buena como siempre y, simplemente, veía todo aquello del SIDA como algo muy lejano. A mí no me iba a pasar, algo ocurriría que lo impidiera.

Antes del verano del 88, mi madre empezó a tener problemas. Al cabo de varios chequeos, decidieron operarla, supuestamente de unas piedras en la vesícula. Sin embargo, lo que se encontraron los cirujanos fue, esta vez sí, un auténtico golpe: un cáncer de páncreas de muy mal pronóstico. Se había cogido muy a tiempo, pero aún así era algo muy serio. Esa sí era una amenaza real y visible. Y, similarmente al sentimiento de culpa que había tenido mi madre por “pasarme” la hemofilia, yo no pude dejar de pensar que, en cierto modo, aquel tumor tenía que ver con el sufrimiento que le había producido “mi” VIH. De todos modos, el típico sentimiento de negación me hacía pensar que en realidad todo aquello no podía ser tan grave. Hasta que no sufres el dolor por primera vez, eres incapaz de entender lo que es, y eso me ocurría a mí. Veía como algo “imposible” que mi madre se pudiera morir.

El año 88 terminó conmigo en segundo de carrera, después de haber tenido que estudiar por primera vez en verano para sacar en septiembre una asignatura de primero. A aquellos niveles, eso de faltar un 40 por ciento de los días de clase era un muro muy difícil de superar con tanto éxito como antes. Por otra parte, mi madre se había recuperado bastante bien de la operación, y en el verano del 89 decidimos hacer el viaje a Madrid. Unos meses antes, mi familia madrileña había decidido irse a vivir a Alicante, a la playa de San Juan, pero el viejo piso aún seguía allí. Estuvimos quince días en la capital, con una misión muy clara: acudir todas las mañanas a la avanzada unidad de hemofilia de la Ciudad Sanitaria La Paz (en aquellos tiempos, envidia de los hemofílicos del resto de España) y aprender, por fin, a inyectarme yo mismo el Factor VIII. En realidad, había visto cómo se hacía tantos cientos de veces que simplemente fue cuestión de coger la aguja y vencer ese extraño momento en el que te clavas esa aguja a ti mismo. Lo hice una primera vez y, a partir de entonces, derribé un muro más: adquirí un grado de independencia que nunca había ni soñado. Podía ir a donde quisiera, incluso solo, y simplemente llevar conmigo una dosis de Factor VIII por si acaso. Si tenía un problema, me lo inyectaba y seguía adelante. Mi vida acababa de dar un salto enorme hacia adelante. Ya estaba a mitad de carrera, en tercer curso nada menos, aunque cada vez faltaba más a clase: mi rodilla izquierda estaba empezando a molestarme con demasiada asiduidad. Aún podía andar sin cojear o echar una carrera para coger el autobús. Me quedaban escasos meses antes de pasar a estar, "oficialmente" y para siempre, cojo. El año 89 terminó conmigo a punto de presentarme al examen de conducir. La siguiente década debía ser la de la madurez, y la madurez me iba a caer encima a base de golpes... uno tras otro...

-------- Parte I: los años 70 --------

------- Parte III: los años 90 (I) --------

------- Parte IV: los años 90 (II) --------

-------- Parte V: los años 90 (III) --------

14 septembre

De madrugada con el pequeño jabalí

Me iba a ir a la cama cuando he recibido una de las llamadas más increíbles que pudiera imaginarme. Mi (a partir de hoy mismo) buen amigo barcelonés me ha alegrado en esta solitaria y tristona noche/madrugada de sábado/domingo. Cuento con su ayuda para llevar a cabo la misión fundamental a la que he entregado mis energías presentes, pasadas y hasta las futuras, por difícil que esto sea. Y, con semejante aliado, el éxito no puede estar más que garantizado. Por eso este sábado/domingo me iré a la cama sonriendo, y no comiéndome el coco con lo que Ella anda haciendo con el actor secundario los fines de semana (un gran saludo para el actor secundario, que seguro que leerá estas líneas. Yo también te quiero mucho, campeón... que te explique Ella lo que es la "retranca gallega").
Mi amigo barcelonés es un GENIO: él lo sabe, yo lo sé, y cualquiera que conozca mínimamente su trabajo lo sabe. Además, después de unos pocos minutos de charla ya sé que es un gran tipo (no todos los genios lo son, ni mucho menos). En esas cosas nunca me equivoco. En fin, que cada lector que tenga yo en mi blog no puede menos que pasarse por su página y admirar a este GENIO (sí, lo vuelvo a decir). Venga, todos a escuchar a mi amigo...
La música de mi amigo barcelonés me acompañó el año pasado en mis peores momentos. Escuchaba "Piedras y Guisantes" y "Todos felices" una y otra vez, y era como si todo aquello que decía la canción se lo estuviera diciendo yo personalmente a Ella. Palabra por palabra, podéis creerme. Cuando el dolor se hizo insoportable, tuve que dejar de escuchar el disco de mi amigo durante varios meses. Sin embargo, un día del mes de julio, cuando el verano ya calentaba (aunque por estas tierras no demasiado), decidí hacer la prueba: grabé el disco en un cd de mp3 para el coche, junto con los de Fran Nixon, Is y Christina Rosenvinge (un auténtico discazo, vamos); ya en el reproductor, busqué la carpeta "Pigmy" y pulse el "play", con bastante miedo por mi parte: sonó la intro instrumental, tan bonita como recordaba; sonó "Piedras y Guisantes", "Válsamo", "Hoy", "Todos Felices", ... así hasta el final con "Niño Polaroid" y "Papel de plata". Volví a emocionarme durante media hora, sonreí, canté, hice segundas voces y coros varios, a veces callé para escuchar mejor... pero no me hundí, no lloré como el año anterior. Me lo tomé como una muy buena señal. Y ese día comenzó la remontada... lenta pero segura...
La remontada va por buen camino, aunque haya días que no lo parezca. Es como todo, hay que alejar un poco la mirada para poder apreciar las cosas con mayor perspectiva. Haciéndolo de este modo, compruebo que las cosas van cada vez mejor... la meta se va acercando, a pasitos cortos pero seguros...
Pronto va a haber un paso muy grande, más bien un salto digno del mejor atleta... lo haré con la ayuda de las botas de siete leguas que me va a prestar mi amigo barcelonés... y tendré la meta al alcance de la mano, no lo dudo...
"Me he levantado sabiendo quién soy... profundamente despierto ya estoy..."
 
Ahora a la cama, que por raro que resulte en mí tengo un pequeño catarro que debí de traerme de Zaragoza (o de Madrid): me pica un poco la garganta y la nariz se me tapona por momentos. Habrá sido por la falta de costumbre de sus besos después de estos meses, debo de haber perdido los anticuerpos contra el virus de su saliva... quién sabe... en tal caso, bien está el catarro...
 
P.D.: justamente ahora, en la 2, ponen pruebas de los Juegos Paralímpicos. Como minusválido que soy, tengo derecho a decir esto sin que nadie me acuse de nada extraño: no le veo ninguna gracia a la prueba que estoy viendo (4:37 de la madrugada, exactamente); nada menos que lanzamiento de disco... pero los lanzadores son enanos... se hace muy raro de ver... bueno, en Tele5 está saliendo la típica telecompra, con una contorsionista haciendo equilibrios sobre la mítica cama de aire Restform... en A3, Cuatro y La Sexta, concursos-timo, como siempre... en la 1, un documental sobre el tercer mundo para que los del primer mundo nos las demos de solidarios y tal... en las locales, porno y sms calentorros, lo habitual... sí, mejor me voy a la cama de una vez, y empiezo (¡POR FIN LO TENGO!!!) el nuevo de Murakami, que ha sido traducido al gallego antes que al castellano... Murakami en gallego, para que flipe mi amigo donostiarra... que sí, que cuenta la historia de dos hermanas, Eri y Mari... para caerse de culo, ¿verdad, amigo?
11 septembre

El culebrón continúa - capítulo 12526: Ella y yo (y el actor secundario)

Zaragoza... Habíamos estado una vez allí, parando un par de horas a ver a la Pilarica... qué casualidad, de vuelta de un concierto de La Costa Brava en las fiestas de Logroño. Como Ella me acaba de decir en un sms que lo de ayer fue demasiado grande para ocultarlo, y yo estoy de acuerdo, vamos a ello:
Unos días antes había saltado mi paciencia por culpa de unos conciertos de La Buena Vida, y me había enfadado mucho por un comentario de Ella en el foro del grupo, mostrando sus enormes ganas de ir a ver a NUESTRO grupo. Ella no lo hizo con mala fe, ahora lo sé, pero me sentó mal pensar en tener que verla después de todo lo pasado. Tras unos mensajes míos de ira poco contenida, me llamó. Le colgué. Me volvió a llamar. Esta vez no pude volver a colgar. Acabamos hablando una hora larga por teléfono, y, como casi siempre me pasa, acabé sustituyendo el enfado por la nostalgia. De La Buena Vida pasamos a La Costa Brava, y Ella se las arregló como siempre para que yo acabara por ceder a todas las promesas que me había hecho a mí mismo. Se me escapó un "¿quieres venir a Zaragoza, entonces?" Justo lo que Ella esperaba, por supuesto. Dejó pasar el fin de semana y el lunes me dijo que sí, que venía a Zaragoza, que tenía muchas ganas de verme. Yo también de verla a Ella, claro, pero me pasé la noche pensando si estaba haciendo lo correcto para mi salud mental.
Como para explicarle a mi padre que me iba a encontrar con Ella, si lo sabe me deshereda y me echa de casa por calzonazos... Por evitar problemas, usé el nombre de mi amigo donostiarra en vano... "Sí, me ha invitado a un concierto en San Sebastián, pero vuelvo el jueves por la tarde". Así que el supuesto día del fin del mundo, a las 11 y media de la mañana, me lancé de nuevo a la ruta oeste-este: no eran los 1100 km de Barcelona, pero 800 no son moco de pavo tampoco...
Me pasé gran parte de las ocho horas del viaje dándole vueltas a la cabeza sobre lo que estaba haciendo. Estaba rompiendo una tras otra las promesas que me había hecho a mí mismo: no volver a verla mientras estuviera con otro, no hablar ni por teléfono siquiera con ella, no dejarme envolver en su red para concederle sus caprichos. En fin, que así soy yo: cumplo todo lo que prometo a cualquier desconocido y no lo cumplo conmigo mismo... Cuando Ella me envió el primer sms desde el autobús a Zaragoza, preguntándome qué tal me iba el viaje, mi respuesta fue: "Con muchas dudas... Me temo que volveré a salir perdiendo... Total, el mundo se acaba hoy, qué más da..." Un poco melodramático, lo reconozco, pero sinceramente reflejaba cómo me sentía. Ella me respondió que estaba ilusionadísima. Le pregunté, no sin una cierta malicia por mi parte: "¿Ilusionada por el concierto?" Me respondió en mayúsculas: "POR TODO". Siempre ha sabido decirme la frase adecuada para levantar mis expectativas...
Llegué a Zaragoza, di unas pocas vueltas hasta aparcar en la entrada de la Expo (qué desastre de organización, por cierto...), compré las dos entradas nocturnas correspondientes y me quedé esperando su llegada. A eso de las 10 y media la vi acercarse por la acera. Cuatro meses y ocho días más tarde. Y me llevé una impresión enorme: estaba casi en los huesos, y solo la salvaba un bonito bronceado adquirido al parecer en las playas marbellíes. Como la conozco tan bien, sabía de sobras que su delgadez no era fruto de una dieta o del ejercicio físico, sino un síntoma de debilidad, exceso de trabajo y escasez de descanso más que nada. En fin, todo lo que le había pronosticado meses antes sobre su aventura madrileña. Aparte de eso, las emociones encontradas de volver a ver a la mujer que amo y que tanto daño me ha hecho hasta ahora.
Ella dejó su mochila en el coche y nos internamos en la inmensidad del recinto de la Expo. Para empezar, no te daban ni un mísero plano con la entrada (increíble). Para continuar, los planos (pocos) que había por el recinto carecían de algo tan elemental como señalar el típico "usted está aquí". Así que mal que bien conseguí orientarme y acabamos llegando al Balcón de las Músicas, donde los chicos ya estaban ensayando y probando sonido. Apenas comenzamos a cruzar el puente sobre el Ebro que lleva a los pabellones comenzó el recital del actor secundario. Patético es decir poco. Le dije a Ella: "¿Para esto rompo mis promesas? ¿Para que a los dos minutos ya esté el tío este molestando?" Estuve a punto de estallar, de enviarle al individuo en cuestión un mensajito de "agradecimiento" por fastidiarnos la noche, pero Ella me suplicó que no lo hiciera... Como siempre, acabé por transigir... Tampoco Ella le había contado la historia completa, al parecer, pero no hacía falta ser Sherlock Holmes para unir la lectura (compulsiva) de mi blog con el viaje de Ella a Zaragoza. En fin, que toda la noche fue un concierto de llamadas y mensajes. Si lo que prentendía el actor secundario era hacerse notar, efectivamente quedó completamente retratado. Él y su personalidad (o falta de). Eso sí, nos amargó la noche. A los dos.
Me interesé por las cosas de Ella: el trabajo, todo lo que yo suponía. Jornadas abusivas, semanas sin días libres y sueldo de mierda: ninguna sorpresa. La salud, viendo esa delgadez, me dejó casi conmocionado. Al ritmo que va, o frena o no llega a fin de año sana, así de claro y de duro. Y los amores... Bueno, con escuchar sus explicaciones sobre la forma de ser del actor secundario me quedó todo muy claro. Los calificativos que empleó Ella los dejaré fuera de esta historia, pero si en un par de meses escasos las cosas son así, la verdad es que el hombre va a batir todos los records. Antes de lo que yo me hubiera imaginado, a poco que Ella se aprecie a sí misma. En fin, que como rasgo positivo del tipo en cuestión, al parecer es gracioso…
En fin, que llegamos a nuestro destino musical de la velada. Sentado (en el suelo) entre el público estaba el gran Willy Macià (aka Pigmy), y allá que me fui a saludarle. Sorpendente paralelismo entre ambos, por cierto: los dos estábamos acompañados de nuestros amores, que a su vez tenían otras parejas, pero a la hora de la verdad nos podía la bondad y les concedíamos el capricho solo con que nos lo pidieran.
Aparecieron por allí dos chicas barcelonesas que habíamos conocido tiempo atrás en otro concierto de La Costa Brava. A Ella, tan cambiada y tan delgada, no la reconocieron, pero a mí sí, y se acercaron a saludarnos. Al vernos juntos, daban por supuesto que seguíamos en pareja, y los equívocos creados fueron muy incómodos para todos. Por otra parte, el actor secundario había conseguido con su estupidez elevar mi nivel de enfado a límites peligrosos: a la más mínima iba a saltar. Las primeras canciones nos recordaron muchas cosas a Ella y a mí. Abrazos, su cabeza apoyada en la mía, miradas que lo decían todo, algún besito, sensibilidad a flor de piel. Todo se estropeó por un detalle tonto, como era un anillo que le faltaba en su mano izquierda. Y salté. Me fui, me alejé y me senté en un banco. Ella no dejaba de enviarme mensajes: "Vuelve, por favor"; "Me lo estaba pasando genial, vuelve". Pasadas dos canciones en mi "exilio", acabé por volver, como siempre... Pero demasiado enfadado. No la volví a abrazar, ni a sonreír. Eso sí, canté con toda mi voz las últimas canciones del concierto: "33" y "La vida sigue igual" (con Vinadé gritando por detrás "¡... y una mierda!!!"). El concierto había sido todo lo que un homenaje al gran Sergio Algora merecía. Pero yo no podía apreciarlo como me habría gustado. El actor secundario lo estaba consiguiendo. Con toda su pequeñez y pobreza intelectual me estaba ganando. Me estaba amargando la noche de verdad.
Nos quedamos delante del escenario para ir saludando a todos los amigos: Enrique, Eloy, Richi. Ella se había quedado sin su pieza más deseada, el típico setlist, así que a pesar de mi cabreo monumental le quise demostrar de alguna manera lo que tenía conmigo: le conseguí no el setlist, sino todos los papeles con las letras de las canciones que habían usado sobre el escenario. "Toma, todo para ti", le dije. Eran ya las 2 y pico de la mañana, y aquello cerraba a las 3. Ella tenía el autobús de vuelta a las 4... En fin, que yo no sé cómo ocurrió, pero, como siempre nos pasa, el surrealismo se adueño de la situación. Nos liamos en aquella inmensidad, nadie nos decía por dónde salir y acabamos haciéndolo por el lugar más alejado de la entrada (donde teníamos el coche). Eran las 3 menos 5 y estábamos en un lugar vacío, sin idea de hacia dónde caminar ni nadie a quien preguntar. Y el parking cerraba en 5 minutos...
Por resumir, diré que anduvimos vagando durante una larga hora y media de caminata, que cogimos un taxi que iba de paso para que al menos nos librara de los últimos 600 o 700 metros, y que entre medias el festival de llamadas del actor secundario siguió su curso. Toda la preocupación de Ella era que iba a perder el autobús, a pesar de que una llamada a la compañía le permitió cambiar su reserva para otro que salía a las 7 de la mañana. ¿Qué más le daba, si total no trabajaba hasta la tarde? Bueno, era evidente, al menos para mí, que la exigencia del actor secundario era que estuviera de vuelta en Madrid ya de mañana; de otra forma no se explica todo el tema del autobús de marras. En fin, que acabamos llegando al coche a las 4 de la mañana, y un amable guarda nos hizo el gran favor de dejarnos salir a pesar de que el parking estaba cerrado. Yo puse mi carita de pena y exageré un poco mi cojera y nuestra odisea en la Expo, y el buen hombre se apiadó de nuestra desgracia: "Bueno, pero solo os abro por lo que me habéis contado; no se lo digáis a nadie, ¿de acuerdo?"
Dentro del coche los dos, Ella empieza a decirme: "Y ahora, tener que esperar hasta las 7 de la mañana..." Y, como siempre, acabé por transigir (otra vez más). "¿Quieres que te lleve a Madrid?" Claro que quería. Y yo volviendo a romper una auto-promesa más: no volver a pisar Madrid en mi vida. Pues nada, carretera y manta. 300 y pico kilómetros por la lamentable A-2, atascos al ir llegando a la capital y, al menos, una entrada muy sencilla en la calle donde Ella vive. Meses después, acabé por saber su dirección completa de la forma más inesperada. Entre medias, más llamadas y mensajes del actor secundario. Y Ella estalló. Y yo estallé: "Esta noche cada uno estamos quedando retratados a la perfección, a ver si te das de cuenta de una vez". Sí, el bueno-casi-tonto, la indecisa-caprichosa y el tarado-infantiloide. Al parecer lo que más le importaba era que no fuera yo quien la llevara hasta Madrid. Digo yo que debía de temer que fuéramos a parar en un motel o algo por el estilo... cuánta ineptitud... Por encima de mi enfado conmigo mismo por haber vuelto a ceder en todo lo que Ella deseaba, tenía que aguantar las inseguridades de semejante personajillo...
Me pasé todo el viaje hablando, explicando, demostrando, convenciendo... A ratos Ella dormía, pero yo seguía con mi retórica, como si de un loco se tratase. La idea que más me rondaba en la cabeza era la de que la estaba llevando a Madrid, como un idiota, para que al día siguiente Ella siguiese retozando con el actor secundario, que a estas alturas había dejado de insistir con su recital de llamadas y mensajes. O eso, o Ella había silenciado el móvil. Quizás fue lo segundo... Nos despedimos en su calle, y le dije que si después de todo lo que había pasado aquella noche no se le habían abierto los ojos entonces ya no sabía qué haría falta. Le pedí que haga algo por su vida, que deje de enfangarse cada vez más en un trabajo absurdo con un sueldo mísero; le pedí, en suma, que reaccione antes de que sea tarde. En fin, que el "autobús mágico" la dejó en su casa con hora y media de adelanto sobre la línea regular. El chófer cumplió (de nuevo) su encargo con absoluta pulcritud...
El TomTom se volvió a portar a la perfección en la salida de Madrid. La adrenalina me mantuvo despierto unos 100 kilómetros más hasta que ya en la A-6, pasado Adanero, tuve que parar a dormir una media hora. Seguí camino hasta Mombuey (decidí tomar la A-52 en vez de la A-6), y justo al desviarme a repostar gasolina, ya al mediodía, Ella me llamó. Acababa de levantarse y quería saber por dónde andaba. Al final fue lo de siempre (no tengo remedio): otra hora de charla telefónica en la que nuevamene le intenté hacer ver todas las cosas que está haciendo mal. Y la de tener un novio tarado no es la más grave, ciertamente. Solo es un ejemplo más, pero no el más peligroso.
Llegué a casa a las 6 y media de la tarde. Comí algo y encendí el ordenador. Y empecé a escribir. Ella me ha enviado ese mensaje tan bonito pero yo no quiero creerme nada hasta que no lo compruebe. Las palabras se las lleva el viento con facilidad, los hechos son lo que cuenta. Pero han sido 9 horas juntos de total intensidad. Para hacer una película, vamos... Otra más...
Y sí, SIGO AMÁNDOLA, aunque no necesite verla para saberlo. Y sí, estoy preocupadísimo por Ella: por su salud, por su dinero, y por su amor. Ojalá pueda reaccionar y escapar del pozo... Si Ella quisiera, podría hacerlo; si Ella se lo propusiera, conseguiría todo lo mejor... Por favor, que empiece a hacerlo de una vez...
10 septembre

El día del fin del mundo...

Esperemos que hoy no sea el día del fin del mundo... Ya sería casualidad, justamente hoy... Si ello ocurriera, tampoco nos íbamos a enterar, el agujero negrio nos tragaría en menos de 1 segundo, con lo cual a efectos "humanos" no nos debería de preocupar. Como decía uno de los científicos que quería parar judicialmente el experimento de marras: "Yo llevo todas las de perder: si me equivoco y no pasa nada, todos se reirán de mí; si acierto y desaparece la Tierra, nadie me va a poder dar la razón..." Un buen ejemplo de eso que se podría llamar "la soberbia del científico"... En realidad, con tal de llevar razón, me temo que el tipo este casi preferiría que el agujero negro se nos tragase a todos...
Por cierto: si el mundo se acaba, quedará demostrado que Einstein tenía razón; si no es así, serán las teorías de Stephen Hawking las que prevalezcan... y quedaría abierta la posibilidad de hacer viajes en el tiempo... Esperemos que Hawking haya hecho bien los cálculos... Y si no, nunca nos llegaremos a enterar igualmente...
Hala, que me voy a Zaragoza... si el mundo se va a acabar, que me pille bien lejos... Sería de justicia poética (y nunca mejor dicho): tras el último acorde de La Costa Brava, un agujero negro se nos tragaría a todos... Sergio Algora se reiría con ganas desde allá arriba...
Cantaremos hasta quedar sin voz...
9 septembre

9 del 9 (cuatro años)

Mi primer viaje a Barcelona. Habían sido 11 días (siempre el 11) de impaciente espera, desde nuestra despedida en la estación de ferrocarril coruñesa. Hubiera ido hasta el fin del mundo para volver a estar con Ella. No hizo falta tanto: "solo" eran 1100 kilómetros de carretera, 11 horas de viaje de oeste a este...
La ruta hacia Barcelona no era demasiado complicada. Exceptuando los primeros 70 kilómetros y un "atajo" de otros 20 más, el resto del camino era por autovía o autopista de peaje: carretera de Asturias hasta el cruce con la A-6; salida en Astorga hacia León; desde León, rumbo para Burgos por la A-231; unos kilómetros hacia atrás para tomar la A-62 en Buniel (útil consejo de mi amigo vitoriano -entonces aún coruñés- para evitar cruzar Burgos); enlace con la A-1 y todo recto hasta Pancorbo; salida a la N-232 hasta Casalarreina; enlace con la AP-68 hasta Zaragoza, y ya desde ahí, tomar la AP-2 hasta entrar en Barcelona... Muy fácil... hasta la entrada en la Ciudad Condal al menos...
Ya pasados los desvíos hacia Lérida/Lleida, mi última parada para repostar sirvió para llamar a mi anfitriona... Iba con bastante adelanto sobre el horario previsto, así que finalmente llegaría a Barcelona hacia las ocho y media de la tarde (en el este, ya noche)... Llevaba marcada en el plano la dirección: Avinguda Roma, 5-7, al lado de la estación de Sants y pegadita a la mismísima Cárcel Modelo... No parecía muy complicado llegar: entrar en la ciudad por la Diagonal, y llegados a la plaza de Françesc Macià, bajar por la Avinguda de Josep Tarradellas, y al final de la calle ya habría llegado a mi destino... Esa era la teoría...
Hasta la Diagonal todo iba según lo previsto. El problema era el tremendo tráfico que había (típico de la hora, las ocho y pico). Otro contratiempo: en la gran ciudad los conductores no suelen ser muy amables, con lo cual cambiarse de carril no era tarea sencilla. Por encima, para poder salirse de la Diagonal (o de la Gran Vía, en donde acabé "cayendo") había que saber el "secreto": tenías que anticipar mucho las salidas, irte cambiando de carril con suficiente distancia y meterte por los carriles adyacentes para poder desviarte sin demasiados agobios y llegar a ver las señales indicadoras de los nombres de las calles... Demasiadas cosas que yo no sabía en aquel momento... Me esperaba una hora y media de paseo en coche por la ciudad...
El caso es que a día de hoy no puedo rehacer totalmente el recorrido que me llevó casi de una punta a otra de la ciudad, completamente perdido entre el denso tráfico. Primeramente me salí de la Diagonal antes de la plaza donde debía hacerlo, llegando a la Plaza de España, muy cerca de mi destino. Pero había un problema: el carrer de Tarragona, solo a 600 metros escasos de mi meta deseada, era de sentido único, de bajada, y yo tenía que subir. Entré en la Gran Vía, con la idea de desviarme por Carrer d'Entença, la tercera a la izquierda. Pero, ay, había entrado por el carril más a la derecha... quien haya conducido por la Gran Vía barcelonesa en hora punta, sabrá a lo que me refiero... tenía que cruzar cuatro carriles en poco menos de 300 metros... no pude cruzar más que dos... todavía peor, porque ahora estaba en el carril del medio, sin posibilidad de salir ni hacia la derecha ni hacia la izquierda... La primera plaza que encontré, en la que poder girar con alguna posibilidad de que no me arrollaran, era la de Tetuán, a más de 3 kilómtetros de distancia de mi objetivo... Salí de la Gran Vía hacia la derecha, más que nada buscando un lugar menos denso para poder parar, ver el plano de la ciudad y situarme en aquel laberinto... En fin, que acabé nada menos que al lado de la estación de Francia ... Llevaba casi una hora de viaje por la ciudad y estaba todavía más lejos que al principio...
Ella recibió mi casi desesperada llamada: "¿Pero dónde andas?" "Me he perdido, estoy en la estación de Francia". "¿Cómo?" En fin, para hacer la cosa más sencilla, acordamos que Ella me esperara mejor en la estación de Sants. De una estación a otra... Por suerte, esta vez las señales que indicaban el camino hasta la estación de Sants eran abundantes y claras, y pude llegar sin muchos problemas... supongo que debí de subir por Carrer d'Aragó y Avinguda Roma...
Eran las nueve y media pasadas de la noche cuando llegué a la entrada de la estación. Y allí estaba Ella... no fue el reencuentro romántico que soñaba, más que nada porque mi estado de nervios después de mis "paseos" barceloneses no me dejó ni hacerme a la idea de que nuevamente estábamos juntos... Se subió al coche y me ayudó a llegar a la plazuela en donde podíamos aparcar el coche, en la confluencia de las calles Nicaragua y Provença, frente a la Cárcel Modelo. Me esperaban unos pocos cientos de aventuras en aquella plazuela en los meses siguientes...
Mis temores sobre dejar el coche en la calle de una gran ciudad, y por encima al lado de una cárcel, resultaron completamente infundados. Pensándolo bien, a nadie en su sano juicio se le ocurriría robar un coche justo debajo de una torre de vigilancia (la de una de las esquinas de la cárcel). Así que recogimos mis cosas y subimos al piso: un sexto piso desde el que podías mirar por el balcón y ver el patio de la cárcel. A mediodía se veía pasear a los presos... Como pequeño recuerdo al querido paisaje campestre que había dejado en Galicia, entre los tejados se podía ver la cima del Tibidabo, con la torre de Collserola y la iglesia del Sagrado Corazón iluminada por la noche... La habitación de Ella, minúscula y más o menos ordenada (Ella había trabajado duramente aquella tarde). Aquel era mi nuevo hogar...
Nos fuimos a cenar al chino que había allí al lado, el Yin Du. Volvimos al piso a medianoche y nos tumbamos en la cama. Allí estábamos los dos, juntos en aquella pequeña cama... Hacía un calor tremendo, el propio de una habitación interior barcelonesa a principios de septiembre. Y nos echamos a dormir... Ya habría tiempo para otros temas, el día había sido muy largo y los dos estábamos agotados... O sea, en otras palabras, que Ella no se lanzó y yo tampoco me atreví...
Tardé dos días más en darme cuenta de mi última metedura de pata en mi poco triunfal llegada a Barcelona. Me había dejado el coche con las puertas sin cerrar... Estuvo así dos días enteros, con cientos de personas yendo y viniendo, y no pasó nada... Increíble...

Murakamimanía

Parece ser que el "fenómeno Murakami" no nos ha afectado únicamente a mi amigo donostiarra y a mí. El pasado viernes recibí correo de mi amigo madrileño (he dicho "amigo", o sea que hablo del feliz papá que vive por Ciudad Lineal): él también ha caído bajo el influjo del japonés. Mi amigo madrileño también ve tantos paralelismos como yo en mi vida presente, sobre todo con la Crónica del Pájaro-que-da-cuerda-al-mundo (cric-cric-cric...). Y para rematar la serie de coincidencias supuestamente casuales, resulta que el señor Haruki Murakami va a venir a Santiago en los próximos días, para recoger un premio. Demasiadas "coincidencias" para admitir que todo sea pura casualidad... alguien mueve los hilos, no me cabe duda...
Resulta que el último libro de Murakami ha sido traducido al gallego: "Tras do solpor" se titula. En este caso, la traducción es literal. A ver si lo consigo, me apetece leer en gallego a este hombre...
Tooru Okada empieza a saber cosas de Kumiko. Tooru sabía que eso iba a pasar, y sigue observando el discurrir del mundo desde la imaginación del fondo del oscuro pozo... En esa absoluta oscuridad, cada vez consigue ver las cosas más claras... además, esta vez no está solo, tiene el bate de béisbol para defenderse de los peligros...
Sería bonito conocer en persona a Murakami... Una buena ocasión para que mi amigo incitador de esta Murakamimanía cumpliera con su prometida visita al noroeste...
7 septembre

Una historia particular (I): los años 70

Desde que nací fui especial. Para empezar, lo hice (lo de nacer) en el extranjero. Mis padres se conocieron y enamoraron en Inglaterra, y tras cuatro años de matrimonio nací yo en la histórica ciudad de Canterbury. Era una mañana nevada de marzo del 70, más o menos un mes antes de que The Beatles anunciaran su disolución. A los seis meses nos vinimos (me trajeron) a vivir a Santiago, en el piso que mis padres ya habían comprado poco después de casarse. Por aquel entonces, la calle Basquiños estaba en las afueras de la ciudad (que era mucho más pequeña que ahora), y los niños jugaban (jugábamos) en las aceras de la calle con toda normalidad.
Mi sentencia a cadena perpetua salió cuando tenía más o menos diez meses. Con los primeros esfuerzos para querer andar me salieron unos extraños moratones por las piernas, y tras un par de meses de estudios y analíticas, la conclusión fue clara: Hemofilia A. Una enfermedad hereditaria por vía materna (la padecen los hombres, la transmiten las mujeres), incurable y en aquellos tiempos sin tratamiento y con unas expectativas poco halagüeñas. Mi pobre madre nunca pudo evitar un cierto sentimiento de "culpa" por haberme transmitido la enfermedad. Si ella ya era una madraza que se desvivía por su hijo único, a partir de entonces toda su vida iba a girar en torno a mí.
Básicamente, la hemofilia es una deficiencia en la coagulación de la sangre debida a la carencia de una proteína (en mi caso, el Factor VIII). Para entendernos, lo que para un persona "normal" es una herida sin importancia, para un hemofílico puede ser algo grave. Claro está que en el día a día uno no anda cortándose por todas partes (y menos si tiene un cuidado especial), así que en la práctica los problemas más usuales son hemorragias internas en las articulaciones (codos, tobillos, rodillas) que van haciendo mella y provocando con el tiempo minusvalías considerables. En fin, que desde los diez meses de edad mis padres (sobre todo mi madre) tenían que protegerme hasta en las cosas más nimias para evitar cualquier riesgo. Por ejemplo, no usé un cuchillo para comer hasta los 12-13 años; o, para proteger los tobillos, calzaba unas botitas altas incluso en pleno verano; o, para evitar que me "emocionara" demasiado, no me compraron un chándal hasta los 11 años. Era la consigna médica por aquel entonces: nada de deportes ni juegos con esfuerzo físico. Solo tenía un lugar en el que me era permitido casi todo: dentro del agua, porque el líquido elemento amortiguaba los posibles golpes. En el agua yo era el niño más feliz del mundo.
He dicho al principio que siempre he sido especial. Otra de mis rarezas fue la de ser un "niño prodigio". Las capacidades de aquel pequeñín llamado Ricardito eran bien conocidas en mi calle. Un buen día, antes de cumplir los dos años, mis padres descubrieron que sabía leer perfectamente; hacia los dos años y medio, también había aprendido a escribir por mi cuenta y riesgo. Cuando iba con mi madre a comprar, la farmacéutica asombaraba a algún otro cliente haciéndome leer la etiqueta de los potitos que me iba a comer horas más tarde (creo que eran los famosos potitos Bledine). Cuando paseaba con mi padre y nos parábamos a saludar al barbero de debajo de casa, el buen hombre me dejaba el periódico para que le leyese las esquelas del día. En fin, que si fuera en los tiempos actuales seguro que hubiera aparecido en la televisión. Menos mal...
No tengo recuerdos negativos de mi infancia. Sé que me pasé muchas noches sin poder dormir con derrames en los tobillos y en los codos, y con mi madre sufriendo a mi lado por no poder hacer nada por ayudarme. Al no haber tratamiento, cuando me empezaba a doler un pie (por ejemplo) la única "solución" era meterlo en una bañera llena de hielo para ayudar a que la hemorragia se cerrara un poco antes. Normalmente, era cosa de tres o cuatro días sin poder andar, y otros dos o tres para hacerlo bien. Claro está que por regla general en una semana o dos como mucho me volvía a surgir otro derrame, con lo cual se volvía a repetir la historia. Sin embargo, como digo, no me acuerdo de todas aquellas noches que pasé con un pie metido en hielo y rabiando de dolor. Supongo que para mí era "lo normal", y no sentí nunca un sufrimiento especial por todos esos problemas, Simplemente vivía con ello.
El "niño prodigio" lo siguió siendo en el colegio. Entré, ya con cuatro años y medio, en mi querido Colegio San Jorge. Mi debut fue espectacular: la maestra repartió unas hojas y unos lápices para que los niños se entretuvieran. La sorpresa fue cuando recogió lo que el pequeño Ricardito había escrito: en letras mayúsculas (como hacía siempre), toda la programación del día en la televisión, horarios incluidos. Hubieron de llamar a mis padres para comprobar que aquello lo había escrito yo realmente, y a partir de aquel día también fui "el niño especial" en mi colegio. Me tuvieron ese primer año en lo que se llamaba "parvulitos", pero para mí eso de hacer las "cartillas" (la p con la a, pa... y cosas así) no me hacía falta para nada: yo ya leía normalmente las revistas o los periódicos, claro. Así que al año siguiente decidieron incluirme en el grupo de primero de EGB. La idea era que, si se me hacía demasiado difícil, siempre podría "recuperar" el curso que me correspondía por edad. Además, con mis continuos problemas físicos, el 30 o 40 por ciento de los días no podía ir a clase, con lo cual lo normal sería que al cabo de dos o tres años, en el mejor de los casos, las circunstancias me harían perder algún año. La realidad fue que seguí yendo un curso adelantado hasta tercero... de carrera, cuando a los 20 años tuve mis primeros problemas graves en la rodilla izquierda y me pasé casi un año internado en el Hospital Clínico de Coruña (al antiguo Juan Canalejo, vamos).
A partir del año 74, mi padre fue conocido como "el ferretero", y yo como "el hijo del ferretero". Mis padres habían comprado un bajo en el edificio donde vivíamos, y habían abierto una modesta ferretería de barrio: de esas en las que lo mismo ibas a comprar unos tornillos que una sartén o un bote de pintura. Para un niño como yo, el verse rodeado de tantas cosas distintas tenía su gracia, aunque para mí había un objeto que sobresalía por encima de los demás: la "mágica" caja registradora, de las de la época, un armatoste de hierro que tenía todo lo que a mí me podía interesar: sus teclas donde marcabas el importe de la compra, la pantalla en donde iban apareciendo esos números y, al pulsar otra tecla "mágica", se abría la caja de los cambios, con sus monedas y billetes ordenados en distintos compartimentos. En cuanto crecí lo suficiente como para poder alcanzar las teclas más altas (las de 9, 90 y 900), poco tardó mi padre en confiarme el cobro y las vueltas en los ratos que yo andaba por allí. La gente que no me conocía revisaba los cambios, confiando poco en que aquel pequeñajo pudiera manejarse con tanta soltura en las cuentas. Pero yo nunca me equivocaba... Los números no tenían secretos para mí...
Justamente el día que cumplía los nueve años (el 7 de marzo del 79) me inyectaron por primera vez el Factor VIII. En realidad, aún no era un concentrado real de Factor VIII, sino una especie de "extracto de sangre" (crioprecipitado) dentro del cual iba un poco de todo. Por fin había llegado la "medicina". A partir de aquel día, cada vez que sufriera un derrame, inyección al canto. Las primeras dos veces, y ante lo novedoso del producto, me tuvieron incluso internado en el Hospital tumbado (y sin moverme) con el gotero puesto, por si acaso se producia alguna reacción inesperada. Perdido el miedo por parte de los médicos, la rutina de ir al Hospital cuando me empezaba a doler un tobillo (lo más habitual por entonces) entró a formar parte de mi vida. Era bastante caro (algo así como 20000 pesetas de la época cada inyección), pero entraba íntegramente en la Seguridad Social, como tantas otras cosas. Eso sí, mi padre siempre acababa diciendo su típica frase: "Si lo tuviéramos que pagar nosotros..."
Claro está que los derrames no saben de horarios, así que unas veces íbamos por la mañana (a la consulta de pediatría), otras de tarde y otras de noche (por urgencias). Era bastante incómodo con los papeleos y las esperas, pero desde luego un enorme avance con respecto a la bañera con hielo. Pero las pasamos moradas (sobre todo mi padre) con ciertos médicos y ciertas enfermeras que parecían pagar el tratamiento de su propio sueldo,  por cómo nos trataban. Había una enfermera en concreto (la "famosa" Mercedes, de Pediatría) que cuando me veía empezaba a reñirme por "darme tantos golpes" ("Habría que tenerte atado", me gritaba). La muy incompetente me había oído decir "me he dado un golpe en el tobillo", y no sabía que era la forma que tenía yo de explicar que tenía un derrame. Por supuesto, ni me había dado ningún golpe ni tenía casi nunca idea de en qué momento exacto había comenzado el derrame: lo que se llama un "derrame espontáneo"; no es que se produjera "espontáneamente", pero el motivo era tan mínimo que nunca te das cuenta (un mal movimiento imperceptible de la articulación o algo similar).
En fin, que las cosas parecía que al final no eran tan malas como pintaban años antes. Parecía claro que no me iba a convertir en una estrella del deporte, aunque en mi cabeza jugaba a serlo (y en mis libretas llenas de imaginarias ligas de fútbol en las que yo siempre era la figura, faltaría más). Pero a cambio, a lo mejor acababa siendo un brillante profesional: según los sueños de mi madre, hacerme médico y casarme con una enfermera que me cuidara... Quizás por ese afán de independencia que siempre tuve, nunca quise estudiar nada que se pareciera a la Medicina; supongo que por el mismo motivo que nunca fui del mismo equipo que mi padre (del Madrid, claro)... así que, por llevar la contraria a todos, me hice de la Real Sociedad... ser del Barça hubiera sido una salida demasiado facil...
 
 
6 septembre

Zaragoza en el horizonte

Cuatro días para el viaje costabravista... El día 10 en Zaragoza, para estar con unos amigos... Fran, Richi (sin e), Dani, Eloy y Enrique... y, sobre todo, con Sergio, claro. Además vendrá Willy, con quien me tengo que hacer una foto de recuerdo sí o sí, que a saber cuándo nos volveremos a encontrar... Y nada, que igual al final hasta completo un nuevo ciclo olímpico, como cada cuatro años se celebran nuevos Juegos... En fin, que será un viaje de los de "a lo loco", sin tener dónde dormir, sin saber si estaré uno o dos días o más, sin planear nada... Los mejores viajes, sin duda...
Cada vez tengo más claro el futuro, y más después de días como el de hoy... Es algo que en sí no es bueno ni malo, simplemente es cuestión de hacer como Tooru Okada y esperar y prepararse para el momento oportuno, que llegará cuando corresponda. Mientras tanto, en el fondo del pozo se puede meditar muy bien... Me falta el bate de béisbol... Aquí podría hacer un chiste escatológico de dudoso gusto, así que mejor no lo hago...
Ya somos más los enganchados con Murakami, me temo...
5 septembre

De compras (y recordando, para variar)

Esta tarde fui hasta la FNAC de Coruña a hacer alguna compra. La verdad es que con este tiempo pre-invernal que tenemos esta semana, fue una excusa para al menos salir de casa 3 o 4 horas. La última vez que había ido hasta allí (a la FNAC, vamos) fue en plenas Navidades de 2007, acompañadp por Ella, claro, ya que para algo seguíamos siendo novios. Aquel viaje tuvo momentos muy raros. Unas horas antes, y sin venir a cuento, Ella me había dicho algo muy raro que había hecho saltar mis ya sensibles alarmas emocionales: "Yo no le voy a llamar nunca porque te lo juré, pero si él (el madrileño, claro) me llama, yo le responderé" ¿Eh? Perplejo me quedé ante semejante explicación, aunque atiné a decirle algo así como que allá con lo que hacía, pero que yo seguía sin estar dispuesto a compartir a mi novia, así que si le "respondía", tenía que saber (una vez más) que me perdía a mí. Y justo (oh, casualidad) yendo en el coche hacia Coruña, le llegó un sms al móvil... No hizo falta tener estudios de psicología avanzada para saber de qué y de quién se trataba. Como hubiera dicho su hermanito David, se produjo un "supermegahíperultraincómodo silencio"... Todo tan "casual", casi cronometrado. O eso o pura telepatía, vamos.

Al cabo de una o dos horas, y aunque por mi parte no necesitaba saber mucho más, Ella misma me enseñó el dichoso mensaje. Era el madrileño, por supuesto, que le venía a decir cuánto la echaba de menos. Aquella noche me quedé en el piso de Ella, como siempre, y mientras la esperaba en la cama pensé que le podía ofrecer una última muestra de buena voluntad y de comprensión al madrileño: "Por favor, déjala tranquila, no le compliques la vida otra vez, deja estar las cosas". Su respuesta, tajante: "No quiero saber nada de ti". Ante tal desprecio hacia mi buena fe, entendí que en todo aquello había gato encerrado, pero ya era demasiado lío para mí después de todo lo pasado en los meses anteriores. Si Ella se empeñaba en maquinar enredos y él se prestaba a seguirle el juego, allá Ella, él y sus conciencias. Yo no iba a competir en terreno tan embarrado y lleno de porquería. Le conté lo de los mensajes a Ella, no dijo gran cosa y cambió de tema. Nos acostamos, dormimos, a los dos días celebramos la Nochevieja en casa como si todo siguiera tan perfecto como siempre (Ella parecía demostrarlo con lo que hacía) y por Reyes Ella tuvo su regalo deseado (tras muchas dudas por mi parte). La justicia poética quiso que dicho regalo se le rompiera un mes más tarde, y tras llevarlo a reparar ahora duerme el sueño de los justos en mi habitación...

"Oficialmente" (es decir, por lo que Ella me decía/aseguraba/juraba) nunca llegó a "responder" al mensaje del madrileño... Vamos, que según esa versión, se debieron de encontrar un buen día paseando por las calles de Madrid, casualmente... Si es que la vida parece estar llena de casualidades...

 

Volviendo al tema de las compras, poca cosa pude llevarme: un par de discos, otro de libros y una bobina de cds vírgenes. Llegué a casa a eso de las diez y media, por eso ya no pensé en aprovechar a saludar a los nuevos papás coruñeses, que además los pobres seguro que estarán agotados estos primeros días. Qué envidia me dan...

4 septembre

Tiempo de lluvia

Dudaba entre titular la entrada "Balada de Otoño" o "Tiempo de lluvia", pero me he decidido por la segunda porque me he dicho que aún tiene que venir algún día veraniego suelto, que solo estamos a inicios de septembre. En fin, el "homenaje" al gran Serrat (es decir, al de los primeros discos) que no falte... A Ella le parecía fantástico que un gallego le canturreara "Cançó de Matinada": "... I ara jo canto de matinada, la vila és adormida encara..." También me sabía un poco de "Paraules d'amor" ("... senzillas i tendras...") y del inicio de "Ara que tinc vint anys" ("... ara que encara tinc força..."). El "mérito" es que yo me sabía esas canciones años antes de conocerla a Ella ni de imaginarme siquiera que iba a vivir más de dos años en Barcelona. Aún me sigue gustando intentar construir frases en catalán, recordando lo que aprendí en aquellos tiempos... No vull oblidar-me d'aquells anys... (seguro que no lo he escrito bien...)
Lo dicho, que hoy ha estado todo el día lluvioso, con escasos 15 grados en el exterior, y que en esos días lo único que puedes hacer es quedarte en casa e ir pasando el rato. He tenido mucha fuerza de voluntad y he evitado tirarme de lado en la cama y acabar durmiendo hora y media a media tarde, como estaba (mal)acostumbrando a mi cuerpo. Después por las noches no duermo, y acabo viendo amanecer mientras mi cabeza trabaja a toda velocidad imaginando miles de historias, sin olvidar mis típicas formas extrañas de contar ovejitas: sí, aquello de recitar mentalmente y por continentes todos los países del mundo, seguidos por sus respectivas capitales, o una variación cartográfica que consiste en nombrar todas las provincias de España de tal forma que en la lista cada una tenga "frontera" con la anterior y no se repita ninguna. Por cierto, esto último se puede hacer, la solución es ir bordeando la costa y hacer una especie de espiral en el mapa, con cuidado en las provincias más centrales... Sí, soy muy raro, lo sé y no me importa lo más mínimo...
Siempre he tenido una costumbre/manía/obsesión consistente en una enfermiza compulsión por guardar todos los recuerdos que puedo, con fechas, detalles y explicaciones. Y claro, desde que estamos en la era digital, un obsesivo como yo ha encontrado un filón en ir llenando el disco duro del ordenador con cientos de correos, fotografías y objetos virtuales varios, siempre en espera de que llegado el momento adecuado (por ejemplo, una larga y aburrida tarde en casa), pueda viajar en el tiempo y revivir de alguna manera el pasado. Hoy (bueno, ayer miércoles) lo he hecho de nuevo. Y he visto cosas que me han gustado mucho:
  • puedo releer todo lo que he escrito en correos, blogs o lo que sea en los últimos 5 o 6 años, y sin encontrar una sola mentira en todo ese material. No he engañado a nadie nunca, y sigo estando de acuerdo al cien por ciento con todo lo que escribí en cada momento, triste o alegre. Quizás envié una vez un correo un poco excesivo a un rival gerundense, pero a las pocas horas le pedí perdón por echarle culpas que no eran suyas en realidad. Por lo demás, solo me "arrepiento" de haber sido demasiado bueno con cierta gente que no lo merecía, dando demasiadas explicaciones a gente que en realidad lo único que pretendía era salirse con la suya como fuera a costa de amargarme la vida. Si algún lector del centro se siente aludido, efectivamente esto va por él... Cuando la tortilla (de Cacheiras) se dé la vuelta, que lo hará, yo no pagaré con la misma moneda, lo puedo asegurar...
  • mis dotes de "adivino": me he encontrado con algún párrafo en algún correo concreto escrito hará cosa de 5-6 meses, y todo lo que le dije a la interesada se ha cumplido punto por punto. Claro está que le dije más cosas que iban a ocurrir, por lo cual si seguimos el razonamiento deberemos concluir que el siguiente punto de inflexión calculo que se dará hacia noviembre. Mejor dicho, entre noviembre y diciembre, y más después de saber las cosas que van a ocurrir en diciembre. Es una especie de apuesta conmigo mismo, aquí dejo constancia de ella por escrito. Como se cumpla, por un lado voy a sentirme asustado de mis poderes... por otro lado, no podré evitar una sonrisa de autosuficiencia... y por un tercer lado (si se puede decir tal cosa) será momento de tener la cabeza muy fría y actuar con total precisión... La solución, en poco más de dos meses, supongo...
  • me faltaba un documento imprescindible en mi disco duro: NUESTRO vídeo... el de los primeros meses en Barcelona... He sacado la videocámara del cajón dos años después y he conectado todos los cables para pasar esa cinta mágica al ordenador. Me he sonreído durante la casi una hora de material grabado... la torpeza amatoria de aquellos tiempos, los bailecitos de caderas con el pañuelo de las monedas, la visión de aquella minúscula habitación en la que sobrevivíamos (era todavía más pequeña de lo que recordaba), su curiosa mezcla de pudor y lascivia al saberse grabada, mi sorprendente (o no) falta total de timidez al saberme grabado, las grabaciones mientras esperaba delante del Sephora o mientras me agazapaba en el parque aquel de Tordera durante horas en pleno (y frío) otoño catalán... Todo un mundo de vivencias y sensaciones metido en una cinta de vídeo digital que pronto cumplirá cuatro años. Me ha gustado muchísimo volverla a ver, de verdad...
2 septembre

El secreto de mi amigo

Bueno, pues eso... En diciembre vuelve La Buena Vida... Dos conciertazos, tocando Soidemersol con orquesta... Al final, mi amigo cumplió su promesa, no esperaba menos, por supuesto... Lo dicho, aunque no sea verdad, en mi corazón LO VAN A HACER PARA MÍ...
La única pena es la de tener que ir a dos ciudades a las que me había prometido no volver. A Barcelona, para no llorar por el pasado; a Madrid, para no hacerlo por el presente... pero La Buena Vida está por encima de esas cosas... o tiene que estarlo...
Entre esto y lo del próximo día 10, la verdad es que el destino tiene detalles bien raritos... porque, claro, el miércoles 10 se despiden La Costa Brava y habría que hacer de tripas corazón e ir a verlos y a estar con ellos en un día tan extraño... Aunque a mi lado no se encuentre una cría alocada levantando brazos y piernas cuando Fran cante aquello de "las chicas modernas enseñan las piernas, las chicas de barrio levantan las manos"...
En mis "memorias", esas que dejé aparcadas cuando llegué a la época en que me fui a Barcelona en busca del amor (porque escribir me producía demasiado dolor), titulé el año 2004 como "El año buenavidero", y el 2005 como "El año costabravista". Hasta ese punto los dos fueron motores de tantas cosas que me (NOS) pasaron. Así que el lector objetivo podrá comprender las emociones que me producen ambos grupos, y la obligación moral que tengo de estar con ellos en días tan importantes. Seguro que va a ser para bien...